VIERNES SANTO

 

 

 

La pasión de Jesús es el rostro de una pasión mayor: la que sufre el mundo hasta llegar a su plenitud, pese a que se nos antoje lejana. La trayectoria del mundo y de la historia es un camino de pasión, un paso a la felicidad a través del duro camino de la vida. Y percibir este dolor del mundo, que es el dolor de Dios, debería provocar en nosotros, testigos y a veces cómplices del mismo, impulsos de benignidad y amor a este mundo tan dolorido que camina hacia su liberación. Nuestra sociedad gira en torno a hervideros de poder, necesidad de sentido, información multiforme que nos zarandean. Y ahí, en el centro, se sitúa la pasión de Cristo y la pasión del mundo. Convivir y consufrir esa pasión es la más honda manera de ser humano. Si la vivimos como El, el mundo sería más humano, más fraterno, más utópico, más comprensivo, más tierno…más de todos

 

De un mundo así es del que Jesús declara ser Rey, porque es la antítesis de los poderes y formas de reinar de los hombres; un Rey que entrega su vida por sus vasallos, en lugar de lucrarse a costa de ellos. En su reino no se maneja la palabra vasallaje, sino fraternidad. Jesús no es un arrestado, es un entregado: Si me muero, que no me mueran antes/ de abrir el balcón de par en par/ Un niño, acaso un niño está mirándome/ al pecho de cristal - escribía el poeta, y, como tal , testigo de la verdad; que se sintetiza en que la pasión del mundo tiene sentido y futuro que se llama dicha y felicidad. Por eso el cristiano no es un apasionado por la salvación en el más allá, sino un apasionado, como lo fue el Maestro, por el mundo. Con la conciencia de que en ese empeño hacen falta muchas dosis de entrega; de conciencia de que nada hecho con amor se pierde; de resistencia, para saber que en ella habita la esperanza; de fraternidad porque nos salvamos juntos; de utopía, porque probablememnte ninguno de nosotros veremos esta realidad soñada. Dios, el Dios de Jesucristo, no se conforma con vivir fuera del mundo sino en el centro del mismo; la fe tiene su lugar en la historia y en la sociedad; Dios es el gran compañero que hace con nosotros el camino de la vida y que su pasión es nuestra.

 

Pero aún estamos en el llanto. Entender y vivir lo que hoy celebramos nos debe insertar aún más en la historia, sufrir esa pasión de crecimiento, de tránsito a la plenitud, de logro de la dicha. Pero con una esperanza cierta:

 

Porque aún no ha dicho el Verbo:

 

Que el llanto se haga luz”.

 

- ¿Lo dirá?

 

- Lo dirá, porque, si no,

 

¿para qué sirve el mar?

 

O puede ser la vida eternamente

 

un lamento encerrado en una cueva?

 

 

 

Dios es el mar,

 

Dios es el llanto de los hombres.

 

Y el Verbo se hizo llanto

 

Y el Verbo se hizo Carne

 

para levantar la Vida.

 

triduo pascual

El Triduo Pascual: la Cruz y la Gloria que celebramos

 

 

 

¿Qué celebramos en la Semana Santa? ¿Qué contemplamos? ¿Qué dejamos que, lentamente, a través de gestos comunes y de una contemplación individual, en oficios o procesiones, en la celebración compartida o en la oración y la reflexión individual nos toque profundamente?

 

 

 

El servicio. El Jueves Santo la liturgia recoge preciosamente el lavatorio de los pies como expresión de una lógica alternativa, la de quien, siendo el primero, se ciñe una toalla a la cintura, lava los pies a los suyos y les invita a hacer lo mismo. ¿Qué hace este gesto tan denso? La inversión de categorías, donde el grande se hace pequeño y enaltece a los humildes. La gratuidad de un gesto aparentemente innecesario. La llamada a vivir desde esa misma lógica. En un mundo en que parece que el gran éxito en la vida es ser servido, esta llamada a lavar los pies polvorientos del amigo resulta, cuanto menos, una provocación.

 

 

 

La fraternidad. También el Jueves Santo explicitamos la celebración del amor fraterno. Recorremos partes de la oración de Jesús en el evangelio de Juan, nos sentimos amigos y no siervos. Compartimos una misma mesa, y en ese gesto nos encontramos llamados a vivir en plenitud. Nos reconocemos hijos de un mismo Padre, y, en consecuencia, hermanos. La comensalidad, propia de lo celebrativo en todas las culturas, se explicita aquí como hermandad, como la experiencia de estar vinculados por un amor común que recibimos incondicionalmente.

 

 

 

La entrega eucarística. Dar la vida no es morir, sino vivir de una manera determinada, dándose día a día –hasta la muerte si hace falta. Esto es lo expresado definitivamente en la Eucaristía. El darse sin reservas. El com-partirse para los otros. El derramarse de una manera fecunda. Ese es el sacerdocio de Jesús, en el que la entrega es de uno mismo. Y es también ese sacerdocio el que conmemoramos el Jueves Santo.

 

 

 

Las encrucijadas vitales. La hora santa, con su evocación de la agonía de Jesús en el Huerto, es un precioso reflejo de nuestras propias incertidumbres. A veces por cosas muy cotidianas. En otros momentos por la necesidad de tomar decisiones trascendentales... el hecho es que en ocasiones también nosotros pasamos por esas vacilaciones. A Jesús lo acompañamos en una situación límite. Le vemos en la tesitura de huir o seguir, de resistirse o ser coherente con aquello que lleva proclamando con su vida durante largo tiempo, de rebelarse o aceptar lo que viene. Y en su respuesta valiente vemos también un reto y una llamada para nuestros propios dilemas, para las situaciones en que hemos de optar, para tantas veces en que a la luz del evangelio nos sentimos urgidos a algo difícil.

 

 

 

El sufrimiento y la soledad. Todo el Viernes Santo es un día árido. Viendo a Jesús juzgado por los poderes religiosos y políticos de su época, abandonado por muchos de sus amigos, nos asomamos al dolor. Acompañando a Jesús camino de la cruz (Via Crucis), nos toca intuir la indiferencia de unos, la compasión de otros... A veces nos sentiremos como ese Cirineo que carga con la cruz, y otras como Verónica que seca el rostro de Jesús. Podemos reconocernos en un gobernador romano más pendiente de lo conveniente que de lo justo. Tal vez estemos escondidos, entre la muchedumbre, temerosos de ser señalados como amigos de este criminal sin delito. O quizás nos asomemos, de puntillas, al dolor y al abandono en que parece estar sumido Jesús. Y en el camino, también reconocemos nuestras propias cargas, algo que nuestro mundo no nos prepara demasiado para vivir. Hoy en día, cuando parece que en todo momento hay que «estar bien», la contemplación de la agonía del Justo resulta un desafío y una escuela.

 

 

 

La cruz. La adoración de la cruz el Viernes Santo, tras haber escuchado la lectura de la Pasión, es uno de los momentos más significativos de la liturgia. No adoramos un trozo de madera, ni prestamos macabra reverencia a un instrumento de muerte. Para nosotros la cruz es mucho más que eso. Es el espacio donde se abrazan las víctimas y su liberador. Es el lugar donde los que padecen, por la injusticia, por el odio, por el mal que atraviesa nuestro mundo, se encuentran con el inocente que viene a salvarlos. La cruz nos habla de un dolor que atraviesa nuestro mundo. Nos invita a alzar la mirada con honestidad y percibir las fisuras y las heridas que golpean y mutilan. Nos habla de fracasos y de rechazo, de pecado y de un Dios que parece callar.

 

 

 

La espera. El sábado santo es el tiempo del silencio y la espera. Cuando parece que nada puede pasar. Cuando lo que queda es la nostalgia por lo que parece perdido, y la incertidumbre ante lo que pueda llegar. Tiene mucho de rutina y hábito. Tiene mucho de confianza sin pruebas. Es creer sin saber, anhelar sin exigir, buscar sin plazo. Es el tiempo de los discípulos asustados, de María Magdalena inquieta... el tiempo de calma insegura de quienes le han condenado. Muchas veces nosotros mismos podemos vivirnos en este tiempo... cuando las heridas son lejanas, pero la cura no termina de llegar; cuando la esperanza parece estrellarse con la realidad; cuando el dolor ya no quema, pero sigue ahí, cuando la ilusión parece domesticada o rendida.

 

 

 

La Vida. Y entonces llega la palabra definitiva de Dios. «No busquéis entre los muertos al que vive». Hasta aquí hemos ido asomándonos a una historia que parece tremendamente exigente, trenzada con dolor, con cruz, con encrucijadas en las que no es fácil elegir lo que parece correcto. Podría decirse que todo invita hasta aquí a una seriedad definitiva, a una solemnidad absoluta y a una circunspección inevitable. Sin embargo es la celebración de la resurrección lo que ilumina con fuerza invencible todo lo anterior. La palabra última de Dios es una palabra de vida. La muerte no ha vencido al Justo. La cruz está vacía, y las víctimas de la historia están desclavadas. Hablamos entonces de salvación y de liberación. La sombra y la tiniebla dan paso a la luz, la noche al día, el llanto al júbilo.

 

A veces es más fácil sentirse en sintonía con lo que hemos celebrado los días anteriores, y parece en cambio lejana esta alegría imbatible. Parece que es más posible empatizar con la experiencia de la soledad o el dolor, y cuesta más el salto de fe hacia la afirmación definitiva de la resurrección. Y, sin embargo, es la clave de todo el edificio, la única que le da sentido a todo lo anterior, al servicio sin condiciones, a la entrega radical, a la soledad o a la cruz.

 

 

 

 

 

Conclusión

 

 

 

Al acercarse estas fechas, una vez más, nos disponemos a celebrar el Misterio central de nuestra fe. No, no es lo de siempre, porque cada vez somos distintos, o llegamos con una carga diferente. Porque un año estamos heridos, y al siguiente nos sentimos pletóricos, unas veces nos toca celebrar cansados, otras exultantes y otras envueltos en el ritmo cotidiano, sin tiempo para grandes emociones. A veces tenemos preguntas y otras una fe calmada. Un año la vida nos sonríe y otros parece que el mundo se nos pierde. Al final emerge la gran esperanza

 

¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿dónde, oh sepulcro, tu victoria? Ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y la potencia del pecado, la ley. Mas a Dios gracias, que nos da la victoria por el Señor nuestro Jesucristo. (1 Corintios 15:55-57)

 

 

 

domingo de ramos 2016

 

¿Cuál eres tú?

 

Un pasaje del AT, (2 Sam 12, 2- 7) nos muestra al rey David que se indigna porque un rico ha robado a un pobre campesino la única oveja que tenía ; interviene entonces el profeta Natán para recriminarle al rey y acusarle- por haber quitado a su general Urías su esposa Betsabé- que ese hombre, al que desprecia es él. Este pasaje nos servir para hacer una lectura aplicada a nuestras vidas del relato de la pasión de Lucas que acabamos de proclamar. Las palabras exactas del profeta son “TU ERES ESE HOMBRE”

 

Por el relato de San Lucas pasan una galería de personajes. Los vamos a recordar, pensando en nuestra vida y en que cada uno de nosotros puede ser

 

- como esos líderes religiosos judíos que centrados en sus tradiciones son incapaces de reconocer la grandeza del mensaje de Jesús yde ver y reconocer en él al Mesías esperado. Podemos ser ese hombre.

 

- como el pretor Pilato, si antepongo a la verdad y a la autenticidad mis propios intereses, mi resistencia a crearme complicaciones que pongan en peligro mi status. Podemos ser ese hombre.

 

- como Judas, cuando me dejo arrastrar por la codicia o la ambición, por mis mezquinos intereses, aunque se a costa de traicionar a personas o principios esenciales para nuestra vida. Podemos ser ese hombre

 

- como la muchedumbre, que admira y sigue a Jesús cuando la vida le resulta favorable, pero le da la espalda en los momentos en que la dureza inseparable a la existencia se le hace inaceptable. Somos ese hombre

 

- como los soldados que se divierten con el que sufre; cortan leña del árbol caído; hieren más aún al que se encuentra maltrecho y abandonado en el camino. Somos ese hombre.

 

- o la de los tres discípulos predilectos, cuando el la desidia o el aburrimiento les impiden estar cerca de los hermanos que se debaten entre el miedo y la angustia y piden una ayuda que no se les presta. Somos ese hombre

 

- como Pedro que alardea de ser distinto y mejor que los demás, pero que se avergüenza de declararse su seguidor intimidado por una criada del Templo, porque le puede acarrear descrédito o burlas. Somos ese hombre

 

Pero también el relato se puede leer en clave positiva y podríamos continuar afirmado que somos ese hombre

 

- como el mismo Pedro, que reconoce sus debilidades, traiciones y cobardías y, al sentir la mirada de Jesús, sale fuera para llorar su traición. Somos ese hombre

 

- como el Cireneo que, tras superar su indiferencia y recelos, da un paso adelante para ayudar a llevar la cruz de tantos crucificados que se cruzan en el camino de la vida. Somos ese hombre

 

- como el centurión pagano, que mira a Jesús con los ojos del corazón y descubre en El al verdadero varón de dolores para afirmar: Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios. Somos ese hombre

 

 

 

Porque la Pasión no se produjo y pasó, sino que se sigue reproduciendo hoy; porque Jesús considera como hecho a sí mismo cuanto hagamos a nuestros hermanos, especialmente los más pequeños. Se sigue reproduciendo porque, mirando al crucifijo en estos días, podemos repetir: Tú eres ese hombre. Porque has compartido nuestro destino; te has despojado de ti mismo. Pero al mismo tiempo, ante el Cristo crucificado, podemos repetir tú eres ese hombre ante cuyo nombre toda rodilla se dobla en el cielo y la tierra y toda lengua proclame: Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.

 

HOMILíA PARA ASCENSIóN - "Ser amigo, el único poder de jesús"

El ancestral deseo del hombre de poder dominar el cielo- que se recoge en el  viejo mito de Icaro o el reciente afán de poder penetrar físicamente en el Universo- no son suficientes referentes culturales para explicar, desde la fe cristiana, el misterio que hoy celebra la Iglesia: La Ascensión del Señor.

        Más en consonancia con el pensamiento bíblico, se puede echar mano de la parábola evangélica del hijo pródigo: Jesús es el hijo que dilapidó su fortuna- dio a manos llenas lo que tenía, hasta su propia vida, a los hombres, en una tierra extranjera- y finalmente vuelve al Padre, que le espera a la puerta de la casa y que le abraza por haber realizado, hasta su plenitud, la misión recibida.

        Con frecuencia hemos centrado el comentario de este acontecimiento en la llamada de atención que el ángel dirige a aquellos galileos, para que no se queden mirando al cielo, porque urge poner manos a la obra de construir el Reino, que el Nazareno predicó e inició. Y es verdad.

        Pero tal vez en la circunstancias  que nos movemos sea necesario acentuar otros aspectos no menos decisivos de nuestra fe cristiana. No vivimos en una sociedad atea o antirreligiosa, sino indiferente, agnóstica es el término que utilizamos. Ya no se habla, con nostalgia y tristeza, de la muerte de Dios, sino que se da por hecho que Dios ha desaparecido, sin traumas e indiferencia, de nuestras vidas. La situación real, si no queremos engañarnos, es que Dios ya no parece necesario… ni es estimulante… ni entusiasmante. Si se detecta un retorno a lo sagrado lo es más al misterio del hombre, que al de Dios.

         Partiendo de esta realidad, la que más se adecua a nuestra experiencia, la fiesta de la Ascensión del Señor tendría que ser una llamada a seguir buscando a ese Dios que hoy nos deja, pero  donde se puede realmente  encontrar:

        - en el Universo, que Dios dejó “vestido de su hermosura”

        - en lo mejor de nuestros amores y querencias, porque Dios es Amor y el que ama ha conocido a Dios y está en Dios,

        - en su Palabra, que llega y se hace presente al hombre de hoy y que, como a los de Emaús, pone el corazón en ascuas. Dios es PALABRA y en ella lo podemos encontrar; pero  hemos perdido la sana costumbre de buscarlo donde se le encuentra

        - en la Eucaristía , que hace que nuestros ojos se iluminen y reconozcamos al señor Jesús ( "le reconocieron al partir el pan”)

 

         Que Dios no se ha ido ..que lo podemos y debemos  encontrar donde se halla... es el mensaje en este día de despedidas, que es la fiesta de la Ascensión.

 

         Con otro matiz no menos importante: no es de recibo quedarse mirando al Cielo; hay que continuar la  obra que El comenzó. Sin perder de vista que el Cielo que esperamos, depende de la tierra que, entre todos, vayamos construyendo.