DIFUNTOS 2017

 

 

 

Uno de nuestros grandes clásicos, Jorge Manrique, escribió estos versos inmortales a la muerte de su padre don Rodrigo: "Nuestras vidas son los ríos/ que van a dar a la mar/, que es el morir". Jorge Manrique era un poeta profundamente creyente. Por eso, sus versos no son una elegía desgarrada y trágica sino un canto de fe cristiana. Están, sí, llenos de buen sentido y realismo, pero, a la vez, de esperanza, y son una llamada a vivir la vida desde la dimensión de la fe. Porque puede añadir: "Este mundo bueno fue/ si bien usásemos d'él/ como debemos/; porque, según nuestra fe/, es para ganar aquel/ que atendemos"
 
Nada más lejos, por tanto, de la mente del poeta castellano que una consideración trágica de la existencia Trágico sería considerar la vida como un río que no puede librarse de desembocar en el mar de la muerte para hundirse hasta el abismo y desaparecer. "Nacer para morir" y "morir para desaparecer": no cabe mayor tragedia. Pero pasar por este mundo para "ganar aquel que atendemos" es darle a la vida un horizonte de sentido y finalidad. O, si se prefiere, responder adecuadamente a los grandes interrogantes que anidan en todo corazón humano y que, más pronto o más tarde, afloran a la superficie y reclaman una respuesta convincente: "Por qué nacer, por qué vivir, por qué sufrir, por qué morir".
 
La fe cristiana -que profesaba Jorge Manrique y confesamos los que creemos hoy en Jesucristo- no quita dramatismo a la muerte ni hace que ésta deje de ser "el máximo enigma de la vida humana" (GS 18). Pero convierte este enigma en certeza de una vida sin fin, porque nos asegura que la muerte es el paso a la plenitud de la vida verdadera. Por eso, la Iglesia llama dies natalis (día del nacimiento) al día de la muerte de un cristiano verdadero.
 
En este horizonte, la muerte no es el final desastroso de la existencia y la desaparición completa de un ser humano, sino prolongación de la vida en un estado nuevo. Lo dice muy bien la Liturgia de las exequias: "Porque la vida de los que en Ti creemos, Señor, no termina; se trasforma, y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el Cielo". De este modo, el "morir con Cristo", que comienza en el Bautismo, llega a su plenitud cuando morimos para resucitar con Cristo y ya nunca más volver a morir.
 
"La Resurrección de la carne" nos da la clave para entender el sentido que tiene la muerte para los que creemos en Cristo. Gracias a nuestra fe en que resucitaremos, para nosotros la muerte es el paso a la Vida, abrir la ventana de una eternidad dichosa, cambiar de vestido pero no de ser, trocar la debilidad y el dolor en gozo rebosante.
 
Esto explica que tratemos los cadáveres con tanto respeto y veneración: les vestimos, les rociamos con agua bendita, les incensamos, les depositamos en un lugar bendecido. Tradicionalmente los hemos depositado en la tierra de un Camposanto. Hoy, con frecuencia, los colocamos en un nicho o, quizás, en un panteón. La Iglesia prefiere que sigamos esta costumbre, aunque no prohíbe la incineración. Pero lo esencial no es la incineración ni la inhumación. Lo que realmente cuenta es la fe en la resurrección. Tanto, que al difunto que manda quemar su cadáver porque no cree en ella, se ve obligada a privarle de sus exequias.
 
La Resurrección llena también de consuelo el corazón humano, pues nos asegura que nuestros seres queridos siguen unidos a nosotros más allá de la muerte y están esperando encontrarnos de nuevo para ya nunca más separarnos. Por eso, cuando aderezamos o adornamos su tumba, cuando rezamos una oración o mandamos celebrar por ellos una misa, no caemos en un sentimentalismo bobalicón y superficial, sino que nos adentramos en el mundo fascinante de la comunión de los santos.

 

En las manos de DIOS

JOSÉ ANTONIO PAGOLA

Los hombres de hoy no sabemos qué hacer con la muerte. A veces, lo único que se nos ocurre es ignorarla y no hablar de ella. Olvidar cuanto antes ese triste suceso, cumplir los trámites religiosos o civiles necesarios y volver de nuevo a nuestra vida cotidiana.

Pero tarde o temprano, la muerte va visitando nuestros hogares arrancándonos nuestros seres más queridos. ¿Cómo reaccionar entonces ante esa muerte que nos arrebata para siempre a nuestra madre? ¿Qué actitud adoptar ante el esposo querido que nos dice su último adiós? ¿Que hacer ante el vacío que van dejando en nuestra vida tantos amigos y amigas?

La muerte es una puerta que traspasa cada persona en solitario. Una vez cerrada la puerta, el muerto se nos oculta para siempre. No sabemos qué ha sido de él. Ese ser tan querido y cercano se nos pierde ahora en el misterio insondable de Dios. ¿Cómo relacionarnos con él?

Los seguidores de Jesús no nos limitamos a asistir pasivamente al hecho de la muerte. Confiando en Cristo resucitado, lo acompañamos con amor y con nuestra plegaria en ese misterioso encuentro con Dios. En la liturgia cristiana por los difuntos no hay desolación, rebelión o desesperanza. En su centro solo una oración de confianza: "En tus manos, Padre de bondad, confiamos la vida de nuestro ser querido"

¿Qué sentido pueden tener hoy entre nosotros esos funerales en los que nos reunimos personas de diferente sensibilidad ante el misterio de la muerte? ¿Qué podemos hacer juntos: creyentes, menos creyentes, poco creyentes y también increyentes?

A lo largo de estos años, hemos cambiado mucho por dentro. Nos hemos hecho más críticos, pero también más frágiles y vulnerables; somos más incrédulos, pero también más inseguros. No nos resulta fácil creer, pero es difícil no creer. Vivimos llenos de dudas e incertidumbres, pero no sabemos encontrar una esperanza.

A veces, suelo invitar a quienes asisten a un funeral a hacer algo que todos podemos hacer, cada uno desde su pequeña fe. Decirle desde dentro a nuestro ser querido unas palabras que expresen nuestro amor a él y nuestra invocación humilde a Dios:

"Te seguimos queriendo, pero ya no sabemos cómo encontrarnos contigo ni qué hacer por ti. Nuestra fe es débil y no sabemos rezar bien. Pero te confiamos al amor de Dios, te dejamos en sus manos. Ese amor de Dios es hoy para ti un lugar más seguro que todo lo que nosotros te podemos ofrecer. Disfruta de la vida plena. Dios te quiere como nosotros no te hemos sabido querer. Un día nos volveremos a ver".