CORPUS

Desde el principio del cristianismo, la Eucaristía es la fuente, el centro y el culmen de toda la vida de la Iglesia (PPD). “No podemos vivir sin celebrar la Eucaristía” La adoración de la Presencia real fuera de la Misa irá configurándose como devoción propia a partir del siglo IX, con ocasión de las controversias eucarísticas: al simbolismo de Ratramno, se opone el realismo de un Pascasio Radberto, que acentúa la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Conflictos teológicos análogos se producen en el siglo XI. La Iglesia reacciona con fuerza unánime contra el simbolismo eucarístico de Berengario de Tours (+1088). Es el obispo de Lieja, Roberto de Thourotte, quien instituye en 1246 la fiesta del Corpus. En 1264, el papa Urbano IV, extiende esta solemnidad litúrgica a toda la Iglesia latina mediante la bula Transiturus que, pese a las reticencias de algunos teólogos se hace oficial a partir del Concilio de Vienne. Los últimos ocho siglos suponen un crescendo notable en la devoción a Cristo, presente en la Eucaristía. Es pues una de las fiestas mas populares y arraigadas en la piedad cristiana, especialmente en España y, más aún, en Andalucía. Fue Pablo VI, después del Concilio, quien añadió el de “Festividad del Cuerpo y la Sangre de Cristo”.El relato de Lucas es el de la multiplicación de los panes y los peces: a destacar el que Jesús obra el milagro para quienes le escuchan. Porque hay hambre de escucha, hay milagro de pan hasta saciarse... Además es un milagro en el que Jesús pide colaboración y se realiza con lo que la gente, por poco que sea, pone a disposición de la multitud. Siempre ha existido, en la Iglesia, esta profunda intuición: son inseparables el compartir y la Eucaristía. La dualidad de fiestas en torno a la Eucaristía- Jueves Santo y hoy, puede tener su explicación. El Jueves Santo, la proximidad de la pasión y muerte no permite profundizar en el misterio de la Eucaristía. Hoy, los cristianos contemplamos el Amor de Dios que no se reduce a una entrega, sino que se hace presencia. Jesús, hecho pan y vino, se empeña en saciar nuestra necesidad de él. Cuando, en las tentaciones, el tentador le pide que convierta las piedras en pan, se niega a hacerlo. El mismo, no las piedras, se hace pan para los demás. Hoy como ayer, Dios se hará pan para todos con el pan que cada uno ponga en la mesa de todos. Para dar de comer a otros, Dios necesita que tengamos hambre de él, que se nos olvide comer para escucharle y que nos decidamos a poner sobre la mesa lo que tenemos. Dios, nos necesita para que los más necesitados no pasen necesidad. Esa es la razón que vincula la celebración de hoy al Día de la Caridad; una razón teológica y no coyuntural... Cuanto más contemplamos a Dios y nos dejamos seducir por su presencia, más conciencia debemos tomar de las necesidades de los demás. Ese es el amor de Dios: no podemos adorar al AMOR si vivimos centrados y ensimismados en nosotros mismos... Y no olvidemos : “mientras en algún lugar del mundo, en la inmensa y lacerante geografía del hambre, un niño, de cualquier color, raza, edad y lengua, en un impulso amargo y desesperado intente comerse un puñado de piedras…cada uno de nosotros tendremos que preguntarnos: ¿ A quien y cómo adoramos? ¿ A qué Amor de los Amores aclamamos? ¿Dónde lo hacemos?

Francisco Aranda Otero.

PALABRAS EN LA NOCHE

 



 

 

 

Después de despedir a la gente,
Jesús se retiró de nuevo al monte solo (Jn 6,15
)

 

Esta noche vengo a ti, Abba, después de despedir a la multitud venida de todas partes que me han seguido hasta el desierto. Al verlos me he dado cuenta de que estaban hambrientos de escucharte y verte y tocarte a través de mí, y he sentido que me llamabas a realizar para ellos un signo de tu compasión y de tu ternura.

 

Los he hecho recostar sobre la hierba, como un pastor que conduce a su rebaño junto a una fuente tranquila, y me he dispuesto a servirles el banquete que tú mismo habías preparado. No había mucho que repartir y he sorprendido en algunos el gesto ávido de retener lo poco que tenían para comerlo en soledad y a escondidas.

 

Mis discípulos, como casi siempre, miraban la situación haciendo cálculos a partir de sus posibilidades: “no tenemos”, “esto es poco”, “despídelos”, “que vayan ellos mismos a comprar...” Ante cualquier imprevisto, se miran a sí mismos, miden sus propias fuerzas y se agobian por sus carencias, olvidándose de mirar hacia ti, Abba, que eres el manantial inagotable de todo don.

 

Por eso he tomado en mis manos los panes y los pececillos que me han traído y he levantado mis ojos hacia el cielo para orientar su mirada hacia Ti, de quien lo recibimos todo. Luego he pronunciado la bendición sobre los alimentos que tenía en las manos, para arrancarlos de la esfera de la posesividad y devolverlos a su verdadero ser que es el de circular, y partirse, y generar vida, energía y convivialidad.

 

Al empezar a repartirlos, la gente ha comenzado también a ofrecer lo poco que tenía, a desapropiarse de lo que llevaban y a cambiar la preocupación por su sustento por el gozo de compartir con otros. La carencia estaba siendo vencida por el derroche y la gratuidad, y eso los igualaba, derretía muros invisibles de categorías y distancias, rompía la frontera entre extranjeros y hermanos.

 

Era tu vida la que circulaba entre ellos, Abba, y en ese momento he comprendido mejor que este deseo que me invade tantas veces de entregarles mi misma vida como alimento, como las madres a sus hijos pequeños, surge de ti y fluye de tus propias entrañas. Y por eso les hablo de ti como de un hogar abierto en el que esperas a tus hijos a mesa puesta, con un banquete que tú mismo has preparado y en el que abundan manjares espléndidos y vinos de solera

 

 He recordado aquella noche en que tú sacaste de Egipto a nuestros padres y los introdujiste en la tierra que mana leche y miel y sé que es a mí ahora a quien envías, Abba. Y que estarás a mi lado para sacar a tus hijos, hermanos míos, de la servidumbre de la posesión para conducirlos, más allá de sus ambiciones, a esa tierra tuya de la fiesta fraterna compartida.

 

 

 

Dolores Aleixandre

 

 

 

SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

 

 

 

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, quien, con estos alimentos sagrados, ofrece el remedio de la inmortalidad y la prenda de la resurrección”. La liturgia del día remite a un sacramento que en mesa humilde ofrece al creyente manjares celestes.

 

 

 

El banquete eucarístico:

 

¿Por qué hablamos de un banquete si en la eucaristía sólo vemos un poco de pan y una copa de vino? Hablamos de banquete, porque hablamos de Cristo, y Cristo es todo lo que Dios puede dar al hombre, y todo lo que nosotros pudiéramos desear si fuésemos capaces de desear según la generosidad de Dios. En este sacramento, “Cristo es nuestra comida”, el Hijo de Dios es nuestro alimento, el cielo está dispuesto sobre el mantel de nuestra mesa.

 

La revelación y la experiencia mística fueron dando nombre a los bienes que se nos ofrecen en esta mesa de Dios para su pueblo. Aquí “el hombre recibe pan de ángeles”, a los hijos de Dios se les da “un pan delicioso bajado del cielo, que colma de bienes a los hambrientos, y deja vacíos a los ricos”. Aquí el hombre recibe un alimento que es medicina de inmortalidad, prenda de la gloria futura: “El que coma de este pan, vivirá para siempre”.

 

Entonces, ¿por qué hablamos de pan y vino, si estamos hablando del cielo? Hablamos de pan y vino porque el Señor a quien recibimos, el que es para su pueblo resurrección y vida, la luz que nos ilumina y la gloria que esperamos, de un pan y una copa de vino quiso hacer, con una bendición agradecida, memoria verdadera de sí mismo, imagen real de su cuerpo entregado, de su sangre derramada.

 

Ésta es, Iglesia peregrina, la mesa de la divina caridad que te alimenta. En ella se te ofrece Cristo Jesús, el cual viene del amor que es Dios, es don del amor que Dios te tiene, es medida del amor con que Dios te ama. Tú, que lo recibes por la fe y la comunión, aprendiste a llamarle mi salvador, mi redentor, mi Señor, mi Dios, pues tu corazón sabe que todo eso quiso ser para ti el que te entregó la vida entera, como se entrega un pan que se come y una copa de vino que se comparte.

 

“¡Oh sagrado banquete, en que Cristo es nuestra comida, se celebra al memorial de su pasión, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura!”

 

 

 

Un sacramento que es memoria del Señor:

 

La Iglesia celebra la eucaristía según “una tradición que procede del Señor” y que sabemos inseparablemente unida a “la noche” en que lo “iban a entregar”. Aquella noche Jesús instituyó la memoria de su vida. No hizo un milagro para sorprendernos, ni nos dejó una herencia para enriquecerlos. La memoria instituida fue sólo un pan repartido con acción de gracias, y una copa de vino compartida del mismo modo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros… Esta copa es la nueva alianza en mi sangre”.

 

Éste es el sacramento que se nos ha dado para que hagamos memoria de Jesús y proclamemos su muerte hasta que vuelva: “Haced esto en memoria mía”.

 

Ésta es la memoria de un amor extremo, que llevó al Hijo de Dios a hacerse para ti pan de vida y bebida de salvación: memoria de obediencia filial y súplica confiada; memoria de la santidad divina arrodillada a tus pies para lavarte; memoria del Señor hecho siervo de todos; memoria de una pobreza abrazada para enriquecerte con ella; memoria de una locura, que hizo de la tierra a Dios para hacerte a ti del cielo.

 

Ésta es la memoria de una encarnación, de un anonadamiento, de un descenso de Dios al abismo de nuestra morada, memoria de Dios hecho prójimo del hombre, buen samaritano de hombres malheridos y abandonados, buen pastor que da la vida por sus ovejas.

 

Ésta es la memoria de un nacimiento en humildad y pobreza, memoria de un hijo envuelto en pañales y acostado en un pesebre; ésta e la memoria de la salvación que se ha hecho cercana a los fieles, de la gloria que habita nuestra tierra, de un abrazo entre la misericordia y la fidelidad; ésta es la memoria de un beso entre la justicia y la paz.

 

Ésta es la memoria de la vida del Hijo de Dios hecho hombre, memoria de su palabra, de su mirada, de su poder, de su ternura, de sus comidas, de sus alegrías, de sus lágrimas. Ésta es la memoria de su muerte y de su resurrección, de su servicio y de su ofrenda. Ésta es la memoria del cielo que esperamos. Ésta es la memoria del Señor.

 

 

 

Comieron todos y se saciaron:

 

Así dice el evangelio que se proclama este día en tu celebración eucarística: “Comieron todos y se saciaron”. Habrá muchos que se queden distraídos en lo que aquel hecho pudo de tener de asombroso, de increíble, de imposible. Tú sabes, por experiencia de fe, lo que tuvo de anticipación en figura de la eucaristía que celebras en verdad. Los panes que aquellos cinco mil comieron, eran apenas sombra del pan eucarístico que alimenta a todos los hijos de Dos.

 

No hace falta, Iglesia amada del Señor, que nadie te lo explique, porque tú misma lo ves: En tu celebración nos alimentamos de Cristo, pan único y partido, con el que alimenta a su pueblo el Padre del cielo. Comemos todos por la fe. Y nos saciamos, porque es a Cristo a quien recibimos, y él es para nosotros el cielo que esperamos.

 

Comieron… se saciaron… y cogieron las sobras”. Si la eucaristía es un pan para todos, necesariamente ha de sobrar, pues de ese único pan, del que comen los que creen, han de poder comer quienes todavía no lo han conocido. Lo más sorprendente en el relato de la multiplicación de los panes, no es que muchos hubiesen comido con poco, sino que hubiese sobrado para que comiesen todos los que no participaron de la comida.

 

Algunos piensan que los creyentes vamos por el mundo con la idea triste de ganar prosélitos. Un día sabrán que sólo vamos ofreciendo pan, un pan del cielo, que contiene en sí todo deleite.

 

 

 

Un misterio de plenitud y gratuidad:

 

Dicho sencillamente: Todo se nos da con Cristo, todo se nos da por gracia. Y no habría más que añadir. Se nos pide que recibamos lo que por gracia se nos ofrece.

 

Al comenzar la existencia, cada uno de nosotros ha vivido en el seno de la propia madre un entrañable misterio de plenitud y de gratuidad. Allí recibimos todo lo que necesitábamos para ser en cada momento, para abrirnos al futuro, para desarrollar nuestras posibilidades. Allí, si no hemos sido muy desafortunados, todo se nos ha dado con amor y todo ha sido para nosotros puro regalo.

 

Algo parecido vive el creyente que celebra la eucaristía: Todo lo recibe, todo se le regala. Ahora bien, por la fe, conocemos el don que se nos hace; por eso no sólo recibimos, también agradecemos, contemplamos, saboreamos, imitamos y amamos: ¡Aprendemos a dar, como Cristo Jesús, el pan de nuestra vida! ¡Todo por nada!

 

Feliz domingo.

 

 

 

+ Fr. Santiago Agrelo Martínez

 

 

 

Descarga
Así hablaba, a fines del XVI , San Carlos Borromeo sobre el día del Corpus y la eucaristia
...el misterio de hoy: la institución del Santísimo Sacramento de la Eucaristía...
Esta homilía estará centrada sobre todo en dos puntos: los cuales son las causas de la institución de este misterio y cuáles los motivos por los que lo celebramos en este tiempo.
SAN CARLOS BORROMEO.pdf
Documento Adobe Acrobat 36.4 KB

Inmaculada Concepción

Bella leyenda  de una reina mora que, al asomarse al arco de herradura de su alminar, vio la vega cordobesa cubierta de una sábana blanca. Pero el sol la derritió y la reina  lloró. Su marido, el poeta ALMOTAMID, la mandó plantar de apretados almendros. Cada año al estallar la primavera los ojos de la sultana si alegraban de ese mar de nieve que los almendros en flor generaban.

Hay otra del siglo IV que se asocia a la fiesta de la Virgen, Santa maría de las Nieves, debido a que un día de Agosto la colina romana del Janículo apareció cubierta de nieve y que inmortalizaría en una de su inmaculadas Murillo. (Basílica de Santa María la Mayor)Al  margen de la probabilidad de ambos acontecimientos, lo que si es claro es que hoy es un día de blanco y de nieve. Y que lo asociamos a la Inmaculada, Purísima Concepción. En ella se hizo verdad lo que afirmamos en la liturgia bautismal: “Consérvala- esta vestidura blanca-  hasta la vida eterna”  Ya San Anselmo en su famoso potuit, decuit,  ergo fecit, lo indicaba “Dios podía hacerlo, era conveniente que lo hiciese , por tanto hizo a su Madre Inmaculada, sin pecado

 

Como sabéis fue un dogma que se ganó a pulso el pueblo cristiano, incluso con la oposición de teólogos de la talla de Santo Tomás, o de insignes predicadores y devotos de María como San Bernardo de Claraval . Pero el pueblo cristiano lo intuyó, lo persiguió y lo consiguió. El 8 de Diciembre de 1854 , Pio IX, con la Ineffabilis Deus expresa “ En previsión de los méritos de Cristo, María  fue bendecida con toda clase de bienes, fue destinada a ser hija de Dios en plenitud y elegida para ser santa e irreprochable en el amor”

 

Para nosotros hoy, rodeados de ambientes tan turbios, acosados y perplejos por tramas de corrupción que cada día nos  deparan un sobresalto en el corazón y un expolio en los bolsillos…si es que queda algo. El dogma de la Inmaculada Concepción de María, en el corazón del adviento y de un invierno  que no parece decidido a llegar, ¿Qué nos aporta?

 

María fue la sin pecado, pero no sin   tentación, lucha, tensiones. María recorrió todo un camino de fe, donde no todo fue tan idílico como se nos ha transmitido. Un camino y proceso que, comenzando en Nazaret y llegando hasta  Jerusalén, estuvo jalonado de sorpresas ( la de Simeón, la pérdida en el Templo, el abandono de su hogar familiar, el rechazo de los que lo tomaban por loco, los acontecimientos que culminaron en tan ignominiosa muerte, la recepción de la  humanidad como hija en Juan, la espera gozosa e incierta de Pentecóstes)…Con frecuencia  ni entendía, pero rumiaba en su corazón; sus planes de vida se trastocaron de punta  a rabo.

 

María, para todos los que estamos aquí hoy es, desde su Concepción, la maestra en el difícil “arte de amar” “Al Dios que dispersa a los soberbios de corazón  y enaltece a los humildes derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos”

¿Qué sentiría la Purísima , lo pobre del Magnificat al conocer, con un ejemplo , la noticia de 40 personas, 9 de ellas, niños/as, tragados por el antes, ya no, Mare Nostrum, en las costas de Almería. Y , sin embargo, hay que esperar contra toda esperanza, y dirigirse a la concebida sin manca ( sine labe) lo que narran que alguna vez  expresó Dom Helder Cámara: Dinos María, ¿cómo se pueden decir estas cosas sin que te acusen de revolucionario”

 

Permitidme terminar con una referencia a Spe Salvi, “Cuando llena de la santa alegría fuiste aprisa por los montes de Judea para visitar a Isabel, te convertiste en la imagen de la futura Iglesia que en su seno lleva la esperanza del mundo por los montes de la historia “ (n. 49)

 


Homilía Exaltación de la Santa Cruz

Enrique Martínez Lozano​

Para comprender mejor el texto, quizás sea útil alguna puntualización previa acerca de este capítulo tercero del evangelio de Juan.
Lo primero que hay que señalar es que, desde un punto de vista literario, este capítulo es un auténtico rompecabezas. El lector aprecia saltos de la primera persona del plural (“nosotros”) a la tercera del singular, así como repeticiones y añadidos forzados que, en conjunto, constituyen una especie de galimatías, en una monotonía de temas reiterados, que se yuxtaponen sin llegar a alcanzar un conjunto bien trabado.
Todo ello indica algo evidente: este texto no es producto de una redacción momentánea, ni es obra de un único autor. Durante un tiempo prolongado, se han ido añadiendo reflexiones que surgían en medio de la comunidad, y que algún nuevo glosador yuxtaponía al texto original.
Estas anotaciones tienen que servir al lector para que no intente acercarse a este capítulo como si se tratara de algo bien elaborado, en torno a un tema o hilo conductor claramente definido. Tendrá que verlo, más bien, como una serie de reflexiones simplemente yuxtapuestas, provenientes de momentos diferentes de la vida de la comunidad.
En segundo lugar, todo este capítulo expresa el diálogo de las comunidades joánicas con el judaísmo, representado en la figura de Nicodemo. Este aparece como un hombre honesto y buscador, que va al encuentro de Jesús. Por eso, es precisamente a Nicodemo (al judaísmo) a quien se le va a insistir en la necesidad de “nacer de nuevo”, tema que constituye el eje vertebrador de todo ese capítulo.
En el texto que leemos hoy, aparece la imagen de Moisés levantando la serpiente en el desierto. Para el pueblo judío, la imagen de la serpiente recordaba, a la vez, las quejas del pueblo y la misericordia de Yhwh. Tal como se narra en el Libro de los Números (21,4-9), ante la dureza de la marcha a través del desierto, el pueblo empezó a murmurar contra Moisés y contra Yhwh, que envió serpientes venenosas cuya mordedura les provocaba la muerte. Tras el arrepentimiento y la intercesión de Moisés, este recibió el encargo de colocar una serpiente de bronce sobre un asta: bastaba mirarla, para quedar curado del veneno mortal.
Cuando este texto se lee de una manera literalista –propia de una consciencia mítica-, se concluye fácilmente en una idea mágica de la salvación. De hecho, esto fue lo que ocurrió en la historia del cristianismo: la idea de la expiación marcaría dolorosamente la consciencia colectiva cristiana durante más de un milenio.
Pero esa es solo una lectura, hecha desde un determinado nivel de consciencia. Así como el pueblo judío pudo creer que bastaba mirar a una serpiente de bronce para quedar curado de la mordedura venenosa, de un modo similar, durante siglos, muchos cristianos pensaron que la salvación venía producida por la muerte de Jesús en la cruz.
Quiero insistir en el hecho de que, mientras alguien se halla en ese nivel de consciencia, tal lectura es asumida sin dificultad. Lo cual no quiere decir que no contenga consecuencias sumamente peligrosas, entre las que habría que apuntar las siguientes:
· imagen de un dios ofendido y vengativo hasta el extremo;
· idea de un intervencionismo divino, arbitrario y desde "fuera";
· instauración de un sentimiento de culpabilidad, hasta alcanzar límites patológicos;
· creencia en una salvación "mágica", producida desde el exterior.
Sin embargo, es posible otra lectura que, reconociendo el carácter “situado” y, por tanto, inevitablemente relativo de los textos sagrados, accede a un nivel de mayor comprensión y libera al creyente de tener que seguir aferrado a un pensamiento mágico o mítico que, por la propia evolución de la consciencia le resulta ya, no solo insostenible, sino perjudicial.
Desde esta nueva lectura, el cristiano sigue fijando su mirada en Jesús, y en Jesús crucificado. Pero ya no es una mirada infantil ni infantilizante. Ahora ve en Jesús y en su destino –provocado por la injusticia de la autoridad de turno- lo que es el paradigma de una vida completamente realizada: fiel y entregada hasta el final. Por ese motivo, el hecho de “mirar la cruz” empieza a ser ya salvador: nos hace descubrir en qué consiste ser persona.
Pero no se trata solo de una mirada “externa”, que podría desembocar, en el mejor de los casos, en una conducta imitativa, que no dejaría de ser alienante. Desde una consciencia transpersonal y desde el modelo no-dual de conocer, la lectura se ve enriquecida hasta el extremo.
Al ver a Jesús, nos estamos viendo a nosotros mismos. Desde esta nueva perspectiva, Jesús no es un “mago” que nos salvara desde fuera; tampoco es un “ser celestial separado” diferente de nosotros. Es lo que somos todos…, aunque sigamos sin atrevernos a reconocerlo.