6 Pascua A

 


 

Es la noche de la última cena de Jesús con sus discípulos; los más íntimos. Están tristes. Jesús se está despidiendo. Les habla en profunda intimidad. No deberíamos olvidar que la Eucaristía nace en un contexto que no es, precisamente, claro, luminoso y feliz, pero que supone una honda y urgente invitación a la esperanza y a la acogida del Espíritu.

 

Lo que pide Jesús, guardar los mandamientos, es esencial. Nosotros entendemos en esta cultura eso de los mandamientos como algo que coarta la libertad. Somos una cultura de mucho derecho y poco deber, lo que hace que, al final, solo seamos de “mi” derecho. En la clave de Jesús, el Mandamiento nuevo es otra cosa: es el camino de la humanidad, de la vida y la felicidad. Guardar y cumplir su mandamiento, vivirlo, es evocar y hacer presente a Jesús, y eso solo puede hacerse por amor; no por opción, ni por compromiso, ni por...

 

El mandamiento de Jesús requiere inexcusablemente a los demás, pues es el mandamiento del amor, de la fraternidad, de la comunión, de la vida entregada por amor.

 

Eso es algo que solo puede hacer posible la acogida del Espíritu en nuestra vida. Dios quiere que viviendo de él, seamos como él, don de sí. Es lo que Jesús nos revela y ofrece. He ahí una aventura para cada uno de nosotros: dejarse guiar por el Espíritu para descubrir y vivir cada día la novedad de Dios. Lo contrario nos lleva a buscar otras seguridades: la ley, la norma, la costumbre, la autoridad, el poder, la corriente que nos lleva... Sin la fe en el Espíritu vivimos empobrecidos los cristianos, y empobrecemos a los demás.

 

En el fondo es cuestión de amor. Eso es amar a Dios y los hermanos. Por eso no cabe el sentimiento de soledad, de orfandad, para un cristiano. La presencia viva del Espíritu ha de llenar nuestra vida. Lo que configura la vida del creyente no es el legalismo, y tampoco la anarquía, sino ese buscar la verdad de la existencia a la que nos que nos conduce el Espíritu. Ser cristiano es dejarse guiar por el amor creador del Espíritu que vive en nosotros y nos hace vivir con la humanidad que nace del Amor.

 

Tenemos el peligro de no creer en el Espíritu, de encerrarnos y repetir lo de siempre, pensando que ya tenemos la verdad, o que ya sabemos a Dios del derecho y del revés. Pero sigue abierta la puerta hacia la aventura de dejarnos conducir por el Espíritu hacia nuevas maneras de encarnación en este mundo cambiante, hacia nuevos caminos para vivir la fe, con las personas, acompañando sus vidas, construyendo con ellos nuevas maneras de pensar, de sentir y de vivir, conforme a Jesucristo.

 

En fin, el cristiano es un artista: una persona que bajo el impulso creador y gozoso del Espíritu aprende el arte de vivir con Dios y para Dios; aprende el arte de vivir con toda persona como hermana, porque en ella reconoce la presencia de este Espíritu de Dios. Y ejercita ese arte.

 

¿Qué te queda por aprender para ser este artista? Mira tu proyecto de vida. ¿Es un proyecto para aprender el arte de vivir? ¿Es para crecer en fraternidad? ¿Es para ayudarte a reconocer la presencia de Dios, de su Espíritu de Amor, en tu vida?

 

¿Cómo puedes afinarlo un poco más? Si quieres, claro.

 

 

 

V DOMINGO DE PASCUA :

Es el Camino el que nos busca a nosotros.

 

 

 

 

Es, el evangelio de hoy, una parte del discurso de despedida de Jesús, su testamento. Ante la inevitable partida del Maestro, los discípulos se sienten sacudidos y entristecidos. El verbo “voy” atraviesa todo el texto , va y viene, barriendo ilusiones residuales.

 

Es un evangelio que sabe a corazón, casa , partida camino, ausencia ,que llenan nuestro vocabulario cotidiano y que en boca de Jesús toman un significado particular

 

El Maestro desea anular el miedo de sus amigos, sacar a sus corazones de la turbación. Por eso aclara que su partida no es definitiva, irremediable. Es un “alejamiento” que ni ausencia, vacío, sino una forma de presencia distinta, escondida.

 

Y el Maestro se va por su cuenta, los precede. Va a buscarle un sitio definitivo. “ Volveré y os llevare conmigo, para que donde estoy yo estéis tambien vosotros".

 

Al final le desvela el secreto de su meta: va a una persona; al Padre, un punto de llegada que es persona, accesible a sus seguidores. Ellos , a través del camino que es Cristo, también están encaminados a la casa del Padre. Con una sugerente precisión: “Quien me ha visto a mi , ha visto al Padre”

 

Es como si eludir la turbación que les atenaza , Jesús, para dejar como un ventanuco , un rasgón luminoso a través del que pudieran entrever, desde aquí abajo, el “lugar” donde está Jesús ; el mismo al que ellos llegarán

 

A la fe no solo le afecta el compromiso, el riesgo…pero tambien la belleza y la poesía ( V. Balthasar)

 

Esta teología de la belleza se orienta a contemplar a Dios , no en cuanto comunica la verdad, ni siquiera en cuanto demuestra lo bueno, sino en cuanto acerca al hombre al “esplendor del amor trinitario”

 

En nuestro mundo occidental , donde domina la técnica, la utilidad y lo práctico, hemos llegado a avergonzarnos de la belleza. Y es muy necesaria

 

Dostoievski llegaba a afirmar que la belleza salvará al mundo. No muchos entre nosotros comparten esta afirmación, pero la belleza es un atributo divino.

 

Del que podemos seguir la pista en la creación- prendada se quedó de su belleza- que el hombre interrumpió con el pecado ; hemos matado la luz, ensuciado su imagen. Con la encarnación la belleza de Dios irrumpe en nuestra tierra. Dios no sólo se ha dejado oir; también se ha hecho ver. Jesucristo es el rostro de Dios, la manifestación de la belleza de Dios . “ Seguidamente a la encarnación del Verbo, todo está dominado por el rostro, el rostro humano de Dios . Cristo es icono de Dios , A su luz, todo lo creado se convierte en gran sacramento de Dios . Por eso tenemos la posibilidad de divisar, contemplar, a través de lo sensible, lo invisible.

 

Sólo adhiriéndonos a Cristo, sanador, restaurador de nuestra imagen original, nuestro rostro reencuentra el esplendor de los orígenes , la inocencia de la belleza primitiva.

 

Pasamos buena parte de nuestra vida buscando caminos , ensayando senderos , dibujando horizontes y soñando con proyectos, hasta que un buen día caemos en la cuenta de que es el camino el que nos buscaba a nosotros, que el camino no había que inventarlo, sino descubrirlo. Es más, alguna vez descubriremos que nosotros somos el camino , que basta ser , que caminar es vivir. Que la vida nos ofrece lo necesario para entrar en la patria a la que Jesús llama Padre y a los que todos aspiramos

 

IV PASCUA. BUEN PASTOR: CONOCER LA VOZ QUE ME LLAMA

 

En el mundo agrícola palestino era normal que en un aprisco se alojen diversos rebaños que pertenecen a distintos amos que, por la noche, confían las ovejas a la vigilancia de un pastor. De mañana se presentan los demás pastores y cada uno llama a sus ovejas que, como lo conocen, le siguen. Las ovejas sólo responden a la voz y la llamada de su amo. Los otros dueños le resultan extraños. Es la voz la que permite el reconocimiento

 

Aquí está la clave de toda esta comparación del evangelio de este cuarto Domingo de Pascua, Domingo del Buen Pastor, en que la Iglesia nos invita a rezar por la vocaciones a la vida sacerdotal y ministerial

 

Las ovejas, en el aprisco, por de noche, pueden sentir la impresión de haber perdido a su pastor, de haber sido abandonadas por él. Por la mañana lo reencuentran, no cuando lo ven sino cuando atienden- escuchan- su voz. Y entonces se produce el reconocimiento y el encuentro recíproco. Es la voz la que permite distinguir al suyo de los extraños. La voz sustituye lo que ha sido sustraído a los ojos ( María Magdalena)

 

La voz no traiciona; el timbre, el tono, el nombre pronunciado conduce a la alegría del reconocimiento. Y cada oveja, además de reconocer aquella voz , única e inconfundible, reconoce su nombre.

 

Por su parte, el pastor se ocupa no de un rebaño, de una masa, sino de cada una de sus ovejas. Esta relación personal e íntima, única, es la que se establece entre nosotros y el verdadero pastor y lo que lo distingue respecto a otros “extraños y ajenos”

 

Para Dios, yo no soy uno, sino único, No formo parte de una masa indiferenciada, no soy un número, una ficha sustituible por otra, intercambiable en el tablero del mundo. Soy un ser único, inconfundible, irrepetible. Ser hombre es siempre ser una cosa nueva; es una sorpresa , no una conclusión que se da por supuesta. La persona tiene la capacidad de crear cosas nuevas. Cada individuo es un descubrimiento, en ejemplar exclusivo; no hay persona estándar, tipo… a no ser en las estadísticas. Si una persona acepta perderse en la mediocridad general, adelanta una especie de suicidio. En Cada uno de nosotros se rompe el molde. Dios no trabaja en serie; el hombre no es fruto de una gigantesca cadena de montaje en serie…cada uno somos modelo original. Es un ejemplar único y exclusivo. “ Yo no soy algo que pueda ser repetido y de quien no existe copia o sustituto"

 

Cuando decimos que nadie es necesario afirmamos algo falso. Cada hombre que viene al mundo es necesario. Desde el momento en que ha sido creado es necesario para la vida, para el amor , “es importante de Amor”

 

Si no soy yo mismo privo al mundo , a la iglesia de algo que sólo yo estoy en condiciones de producir. Puedo dejarme sustituir en un trabajo, en una profesión…pero no puedo dejarme sustituir en la vida.

 

Para lo que hacemos podemos incluso ser inútil y es higienico tener este sentido de la inutilidad. Pero por lo que somos , estamos llamados a ser….somos indispensables. No está permitido concedernos turnos de ausencia en la vida

 

Ese ser llamado por el nombre es una llamada. Cuando me siento interpelado o llamado por mi nombre, soy invitado a moverme, a ponerme en camino a seguir detrás de la voz amiga, nunca delante. Es una voz ni sólo consoladora, sino que me invita a la paz, al sosiego, al sueño…a despertar y la respuesta se da …a lo largo del camino

 

Ser oveja, conocer la voz, seguir la llamada, detrás de él….en el camino que se va haciendo al andar

 

III DOMINGO DE PASCUA : UN CAMINO DE IDA Y VUELTA

 

 

 

El episodio de Emaús nos describe el camino que tenemos que hacer los discípulos y las comunidades de todos los tiempos para reconocer la presencia de Jesús en la historia.

 

Dos discípulos que han perdido la fe por el escándalo de la Cruz. Dos discípulos que, aparentemente, poseen todos los elementos necesarios para creer. Todo inútil. Caminan envueltos en tristeza y desaliento. Todas sus esperanzas se han desvanecido. Ya no hay nada que esperar.

 

Se habían hecho una imagen (¿su propia imagen?) de Jesús, se habían ilusionado… pero la Cruz es para ellos el fin de toda esperanza. No pueden ver otra cosa. Por eso no reconocen al Resucitado en el camino de la historia cuando se les aparece como otro caminante más.

 

 

 

Pero cuando empiezan a escuchar a Jesús, y salen de sí mismos, cuando se dejan interpelar, sienten arder el corazón y dan señales de vida: “Quédate con nosotros”. Acogen al hombre, se hacen prójimos del caminante, ya no son los mismos que al comienzo. Su actitud es otra.

 

 

 

Y en la fracción del pan le reconocen. En el pan compartido los discípulos descubren una nueva presencia de Jesús en medio de ellos. En la comunidad reunida para acoger la Palabra, en la memoria del pan compartido y la vida entregada, ahí está Jesús Resucitado. Palabra y Eucaristía: sin ellas tampoco nosotros podemos reconocer a Jesús Resucitado en medio de la vida del mundo obrero. Sin ellas, nuestras experiencias se sumirán en la misma sensación de fracaso y pérdida, muchas veces.

 

 

 

El camino de Jerusalén a Emaús es un camino de huida y abandono. El de quienes están de vuelta de todo, de los que se hicieron ilusiones, de los que esperan hasta cierto punto, y de quienes nunca acaban de entregarse del todo. Pero es el camino de la vida que todos, de una forma u otra, tenemos que recorrer. Es en ese camino por el que avanzamos muchas veces penosamente en el que nos sale al encuentro Jesús.

 

 

 

Al reconocer a Jesús desandan ese camino. Vuelven a Jerusalén. La fe no se hace ilusiones, vive con ilusión: “Hemos visto al Señor”. Podemos ver al Resucitado, en el hermano necesitado, en la Eucaristía, en la Comunidad fraterna reunida en el amor, en la escucha de la Palabra…

 

 

 

 

 

TIEMPO PASCUAL: 2º DOMINGO

 

 

 

Que no fue fácil la aceptación de la Resurrección de Cristo, desde el inicio de la difusión del Xtmo, parece una constante en los relatos de las apariciones Un ejemplo evidente es el relato del evangelio de hoy, escrito bastantes años después de la muerte y Resurrección de Jesús. Por su parte la 1ª carta de Pedro, escrita hacia el año 64, expresa el gozo de quienes no han visto a Jesús Resucitado y, sin embargo, le aman y creen en EL. Los que poco a poco nos hemos ido incorporando a la fe en el galileo, sin haber constatado tal acontecimiento, de alguna forma ya estábamos contemplados en aquella frase de Jesús: Dichosos los que crean si haber visto”, o en la de Pedro: no habéis visto a Jesucristo y lo amáis; no le veis y creéis en El; y os alegráis con un gozo inefable” .El relato evangélico de hoy admite dos puntos de vista; uno: Tomás, el Dídimo (Mellizo) siempre considerado como el prototipo del incrédulo, porque necesita meter sus dedos en la llaga de las manos y los pies de Cristo y su puño en el costado. “Tomás- se ha escrito - es un hombre moderno, existencialista que sólo cree lo que toca, un hombre que no se deja llevar por las ilusiones, un pesimista audaz que desea enfrentarse con el mal, pero que no se atreve a creer en el bien. Para él lo peor es siempre lo más seguro”. Solo cree en las realidades que puede experimentar físicamente y está cerrado a cualquier otra realidad, más allá de lo que se puede experimentar. Es el pesimista, que se encierra en su fracaso y no se abre a una esperanza en la que creer. Hay quien enfoca desde otra perspectiva su actitud: “ Tiene razón cuando quiere encontrar la fe por sí mismo, o no creer. Pese a su resistencia a creer sólo de oídas, se acerca el sábado siguiente al grupo de los discípulos; muestra disponibilidad para dejarse convencer; duda, por tanto, con sinceridad y capacidad de acogida y rectificación. Es la gracia del Resucitado la que va detrás de él, la que vence la duda en Tomás -y en cada uno de nosotros- y da paso a la fe de la Pascua. Es el hombre que necesita hacer suya la experiencia de fe; que no su fundamenta en el ambiente de sus amigos, sino que tiene, personalmente, su propia experiencia; la que le conducirá a la afirmación de fe: Señor mío, y Dios mío. Es como la culminación del Evangelio de Juan, que va seguida de una frase de Jesús referida a cuantos abrazamos esta fe, sin ser testigos directos de la Resurrección; y lo hace con la conocida forma de bienaventuranza: “dichosos los que crean sin haber visto”

 

Aún dentro de la Octava de la Pascua, deberíamos preguntarnos:¿por más de veinte siglos después de aquel acontecimiento, y de aquellos hombres, hemos proclamado que Cristo ha resucitado?

 

Ciertamente la fe es algo complejo; muchos la hemos heredado de nuestros padres, de nuestro ambiente familiar o educativo; forma parte de nuestra identidad más profunda. Pero la crisis religiosa que vivimos nos obliga hoy a replantearnos cuestiones en tiempos pasados innecesarias. Casi tenemos más de Tomás que las generaciones que nos precedieron. Es razonable que queramos encontrar la fe por nosotros mismos o no creer; ya no podemos vivir de una fe heredado o de oídas. La debemos encontrar por una búsqueda sincera. Y en esta búsqueda hay dos condiciones irrenunciables: la primera la necesidad de una experiencia personal, directa, íntima y profunda con Jesucristo el Señor; la oración de amigo a amigo; de corazón a corazón, sin prisas, hasta que el cuerpo aguante. La segunda: para reencontrarnos con El, el espacio ideal y único es la comunidad. En contra del individualismo religioso, de la privacidad de la fe, de la religión a la carta nuestra experiencia de fe tiene que producirse en la comunidad. Es el gesto que hicimos en la Vigilia Pascual, cuando desde el Cirio, unos a otros nos encendíamos la velitas: hemos recibido la fe de padres a hijos, pero necesitamos compartirla con los hermanos. Una comunidad cuyos rasgos vienen delimitados en la 2ª lectura (He). Posiblemente no fuera la situación real de las primeras comunidades, pero es ideal hacia el que apunta nuestra fe y nuestra experiencia del Señor Resucitado.

 

 

 

 

 

I PASCUA-A (2017)

 

 

 

Tú Cristo, eres el Dios que sales al encuentro, desde aquel día secreto y desapercibido en que te hiciste hermano de nuestra carne en el misterio de la Virgen Madre.

 

Saliste al encuentro, como un hombre más entre los que aguardaban un bautismo de conversión en las serenas aguas del Jordán.

 

Salías al encuentro de los rudos y sencillos pescadores de Galilea, a los que sedujiste e invitaste a dejar las redes y su familia para marchar de tras de ti.

 

Saliste al encuentro de aquel hombre pequeño, subido en una higuera para, sencillamente, verte pasar; de aquella mujer que había pecado mucho, pero que amaba mucho más aún... y de aquella otra, sedienta de amores, a las que esperabas en el brocal del pozo de Siquem.

 

Saliste al encuentro del amigo querido, cuatro días tras la losa del sepulcro; o de aquel otro, también amigos, que insidiosamente besaba tu mejilla, mientras sostenía el precio de un beso en la mano; y de los que venían a ti de noche, con espadas y antorchas en sus manos, mientras, precisamente tus amigos, uno a uno iban desapareciendo de la escena

 

Salías al encuentro de los que urdían tu muerte, utilizando la misma doble arma de siempre: confabular entre bastidores y manipular las maleables emociones del pueblo. No negaste su acusación ni su condena: que tú eras el buen Dios, que sale al encuentro, siempre, siempre de los hombres. Y allí, con tus brazos abiertos en la cruz, saliste al encuentro del Padre, en cuyas manos entregabas confiado tu vida y tu espíritu bueno

 

Y en la madrugada de aquel primer domingo, cuando alboreaba un sol de primavera, saliste al encuentro de unas mujeres, con bolsas de aromas y perfumes; de la

 

Mujer que tanto te amaba y buscaba tu cuerpo perdido; de amigo que no se fiaba del testimonio de los demás y quería tocar y palpar; de los compañeros caminantes a quienes partiste el pan... Y SIEMPRE CON LAS MISMAS PALABRAS: ALEGRAOS: NO TEMÄIS; ID APRISAY ANUNCIAD.

 

¿Y hoy?

 

También sales a nuestro encuentro, con palabras de esperanza y alegría a los que tenemos nuestro pobrete corazón lleno de temor y sobresalto.

 

“NO TEMAIS”, porque yo estoy con vosotros, porque la muerte ya está vencida, y hay una promesa de esperanza en el grano de trigo que se muere...

 

ALEGRAOS, porque detrás de las nubes hay un cielo lleno de estrellas; por que la vida tienen un camino que nos lleva, seguro, a tu encuentro; porque la sed de nuestro corazón puede encontrar un agua saciadora; porque nuestros ojos cegados pueden encontrar un luz deslumbrante; porque de nuestras muertes de cada día brota una vida que ya está germinando y detrás de nuestra última muerte esta la promesa de Vida.

 

ID A PRISA Y ANUNCIAD. Id y anunciad que Dios sigue saliendo a nuestro encuentro; que El esta en todos y cada uno de los encuentros; siempre que los hombres nos amamos y nos hacemos hermanos... Hasta que llegue el día bendito y esperado en que podamos encontrarnos para siempre con el buen Dios que un día empezó a salir a nuestro encuentro y aún no ha cesado, ni cesará, de hacerlo. HERMANOS CRISTO NUESTRA PASCUA HA RESUCITADO... VERDADERAMENTE HA RESUCITADO:

 

 

 

Pentecostés:

«El Señor»

Lo dijo Jesús a sus discípulos: “Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros”. Y añadió: “El defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando lo que os he dicho”.

Ésa era la promesa que los discípulos vieron cumplida en el día de Pentecostés, cuando “se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería”.

Y ése es el misterio que celebramos en este día de gracia: la efusión del Espíritu sobre la Iglesia; la unción sagrada de los que son enviados para que lleven la buena noticia a los pobres; una epifanía de lenguas de fuego sobre esos ungidos, sobre los enviados, para que su palabra ilumine las mentes y encienda los corazones de los fieles con la llama del amor.

Ése es el misterio por el que hoy bendices al Señor, por el que aclamas a tu Dios: “¡Dios mío, qué grande eres! ¡Cuántas son tus obras, Señor! La tierra está llena de tus criaturas”. Y tú le darás gloria por siempre, porque la tierra está llena de su gracia, de su sabiduría, de su luz, de su consuelo, de su Espíritu, de su presencia dulcemente acogedora, regazo de madre para el sosiego de tus pobres.

Ése es el misterio cuya belleza hace romper en tus labios la expresión del deseo: “Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra, manda tu luz desde el cielo, sana el corazón enfermo”.

Ése es también, Iglesia de Cristo, el misterio en el que, con insistencia de pobre, pides participar, pues si es cierto que están abiertas las fuentes del Espíritu para la humanidad entera, habrás de acercarte y beber, habrás de acoger al que pide entrar en la intimidad de tu casa. Por eso dices: “Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo. Ven, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.

Y ése es el misterio que verás cumplido en la eucaristía que celebras, pues de ti, como de los discípulos de Jesús, en ella se dirá con verdad: “Se llenaron de Espíritu Santo y hablaban de las maravillas de Dios”. Hoy te llenarás de Espíritu, pues habrás comulgado con la fuente de donde procede, y para siempre hablarás de las maravillas de Dios, porque ha hecho obras grandes en ti el que es Poderoso, cuyo nombre es santo.

Deja que el Espíritu te enseñe a decir: “Jesús”, y a decir “Señor”, y a decir “Jesús es el Señor”.

Si su Espíritu te enseña, “Jesús” será siempre el nombre del amado, nombre que, pronunciado, dirá ausencia y deseo, tal vez presencia y consuelo, puede que súplica y esperanza, puede que herida, puede que cielo.

Si te unge el Espíritu, “Jesús” será siempre el nombre de tus hermanos, el nombre de los pobres, y ellos serán para ti el nombre de tu amado, y aprenderás a reconocer en ellos al que es tu Señor.

Mons  Santiago Agrelo

 

 

 

 

ASCENSIÓN DEL SEÑOR

 

 

 

 

 

Fiesta de la esperanza:

 

 

 

En el misterio de la Ascensión del Señor, la fe nos enseña a admirar lo que se refiere a Jesús, y a gustar lo que se refiere a nosotros.

 

La imagen de una ‘ascensión’ o ‘subida de Cristo Jesús a lo alto’, sugiere dos aspectos esenciales de este acontecimiento salvador. El primero: Jesús ha entrado en la gloria de su Padre. El segundo: Jesús se separó de sus discípulos.

 

A la luz de la fe has visto a Dios limitarse por amor en el mundo que ha creado. Has visto a Dios concebido y vulnerable, como un hijo de hombre, en el seno de una madre. Lo has visto bajar hasta lo hondo de la condición humana: envuelto en pañales como un niño, ungido como un siervo para evangelizar a los pobres, desnudo como un criminal en una cruz, envuelto en un sudario y puesto en un sepulcro, llorado como un muerto entre los muertos.

 

Ahora lo ves glorificado, “encumbrado sobre todo”, con un nombre que sobrepasa todo nombre, “de modo que al nombre de Jesús, toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo”.

 

Y sabes que el Señor ya puede comenzar a ‘separarse’ de los suyos, pues, al verlo en su gloria, conocieron la esperanza a la que también ellos habían sido llamados. En su Ascensión, Cristo Jesús se separó de sus discípulos dejándoles como herencia y misión una esperanza cierta y una gran alegría.

 

Y con esa herencia, para compartirla, salimos nosotros a los caminos, entramos en los hospitales, subimos a pateras y zodiacs, visitamos las cárceles y le robamos víctimas a la tristeza, a la esclavitud y a la muerte.

 

La ascensión de Jesucristo es ya nuestra victoria, y donde nos ha precedido él, que es nuestra cabeza, esperamos llegar también nosotros como miembros de su cuerpo”.

 

Feliz domingo.

Mons Santiago Agrelo , arzobispo de Tánger

 

6º Pascua – C:SHALOM

 

 

 

Seguimos desglosando fragmentos del sermón de despedida de Jesús u testamento. En la Edad Media, tal vez porque se estaba más familiarizado con la muerte, o porque no era un tema tan tabú como hoy, existía la llamada ceremonia de los adioses: el moribundo, consciente del final, expresaba a los suyos sus últimas voluntades, junto a los valores que le habían dado sentido a su vida. Es lo que hace Jesús: en el tramo final anima a los pocos que le han seguido hasta el final- “ Que no tiemble vuestro corazón, ni se acobarde”-, pero además les aporta motivos para que no teman: la presencia del Espíritu y la paz, no como la da el mundo, sino esa paz, maravillosa y entrañable, que acompaña a los que confían en El, pese a las adversidades de la vida.

 

Es la paz que ya ensalzó en la Bienaventuranzas: ”Bienaventurados lo que trabajan por la paz, porque se llamarán los hijos de Dios”. Pero El trae una paz peculiar: no he venido, dice en otro lugar, a traer paz, sino la espada. Y es que la paz, para Jesús, no es un valor absoluto: el único absoluto, para EL, es Dios y su causa, el Reino. La paz que trae no es un pacifismo estéril, paralizante e inoperante, sino una paz compatible con las tensiones y la luchas: no la “paz de los cementerios”, sino la que se construye allí donde reina la vida y, por tanto, el afán por defenderla y potenciarla. Los hebreos utilizan la palabra SHALOM, porque el Señor es- dice el libro de los Jueces, 6,24- es el “Señor de la paz”. Es la palabra que se pone en boca de Jesús cuando se aparece tras resucitar y saluda a los suyos, y que es fruto del Espíritu, que sobrepasa todo entendimiento, que ayuda a soportar las dificultades, que nos guardará a todos en el corazón de Dios. Esta fue la experiencia de los primeros cristianos, como los relata la primera lectura: eran conscientes de que la presencia del Espíritu, llevará a buen término todos sus afanes.

 

Para nosotros, demasiado seguros de nuestra capacidad para construir nuestra vida a golpes de empeño y esfuerzo personal; en lograr, por técnicas más o menos diversos, la armonía y la serenidad interior, puede que se nos haya olvidado que sin la presencia del Espíritu que Jesús nos prometió no cabe la paz verdadera. Esta paz no es una ausencia de conflictos y tensiones. Tampoco una sensación de bienestar o una búsqueda de tranquilidad interior. Así dice Jesús: «Os dejo la paz, os doy mi paz».

 

Sin duda, recordaban lo que Jesús había pedido a sus discípulos al «En la casa en que entréis, decid primero: paz a esta casa». Para humanizar la vida, lo primero es sembrar paz, no violencia; promover respeto, diálogo y escucha mutua, no imposición, enfrentamiento y dogmatismo.¿Por qué es tan difícil la paz? ¿Por qué se vuelve una y otra vez al enfrentamiento y la agresión mutua? Hay una respuesta primera, tan elemental y sencilla, que nadie la toma en serio: sólo los hombres y mujeres que poseen paz, pueden ponerla en la sociedad. Cualquiera no puede sembrar paz. Con el corazón lleno de resentimiento, intolerancia y dogmatismo se puede movilizar a la gente, pero no es posible aportar verdadera paz a la convivencia. No se ayuda a acercar posturas y a crear un clima amistoso de entendimiento, mutua aceptación y diálogo. No es difícil señalar algunos rasgos de la persona que lleva en su interior la paz de Cristo. Busca siempre el bien de todos, no excluye a nadie, respeta las diferencias, no alimenta la agresión, fomenta lo que une, nunca lo que nos enfrenta.¿Qué estamos aportando hoy desde la Iglesia de Jesús? ¿Concordia o división? ¿Reconciliación o enfrentamiento? Y si los seguidores de Jesús no llevan paz en su corazón, ¿qué es lo que llevan? ¿Miedos, intereses, ambiciones, irresponsabilidad?

 

 

 

 

 

5º Pascua - C

 

El Evangelio de hoy nos sitúa en el sermón de despedida de Jesús, en que quiere resumir y transmitir las actitudes, ideas y enseñanzas que le costaron la vida. Pero no conviene olvidar el contexto en que se sitúa: Jesús, un poco antes, en un gesto propio de los esclavos, se ha puesto a lavar los pies a sus discípulos, sustituyendo con él la fórmula de la fundación de la Eucaristía.

Sorprende que , por cinco veces se repita, en un trozo tan breve y en unas circunstancias tan poco propicias, el verbo GLORIFICAR. Parece contradictorio que Jesús que, con el lavatorio de pies expresa que no ha venido a ser servido sino a servir, pida que el PADRE LO GLORIFIQUE. Es una de la claves de lectura del 4º Evangelio: la cruz y la muerte de Jesús son el momento supremo de la glorificación de Dios, no del fracaso y la ignominia. Es esta la glorificación, es decir, la plena y total definitiva manifestación de la gloria de Dios a los hombres: de quién es Dios y de cómo es Dios.

En este contexto se sitúa el mandato central de Jesús - “que os améis los unos a los otros, como yo os he amado”. Un mandamiento que no es original: ya en AT está presente: Amarás a tu prójimo como a ti mismo pero Jesús va algo, bastante, más allá: en dos aspectos,

a) el amor al hombre es inseparable del amor a Dios. En una de sus cartas el mismo evangelista lo aclarará: Si Dios es amor, no se puede amar a un Dios a quien no se ve, si no amamos al hermano a quien vemos.

b) y añade algo más: se refiere al límite de ese amor: COMO YO OS HE AMADO. Casi sobran los comentarios . Amó hasta emocionarse y sentir lástima por el gentío desorientado que andaba como ovejas sin pastor; compartió el profundo dolor de la viuda de Naim; no pudo contener el llanto ante la noticia de la muerte de Lázaro; tocaba y sanaba enfermos, incluso transgrediendo las prescripciones mosaicas; denunciaba la incoherencia e hipocresía de los líderes de su tiempo y , sobre todo, proclamaba la libertad de los hijos de un Dios que es ABBA... una amor que se resume en aquella sublime afirmación: PASO POR EL MUNDO HACIENDO EL BIEN.

En sus últimas recomendaciones deja además un enorme reto aún por afrontar: “ la señal por la que conocerán que sois mis discípulos, será que os amáis unos a otros”. No nos jugamos la autenticidad de nuestros seguimiento en ninguna adscripción a ciertos grupos o prácticas religiosas; tampoco en determinadas posiciones ante temas morales polémicos y controvertidos; sí en empeñar todo nuestro esfuerzo en caminar por la vida amando... como El nos amó.

Hace casi 20 siglos que se escribió el Apocalípsis- 2ª lectura- y es posible que entonces la esperanza en unos cielos nuevos y una tierra nueva sonara a algo próximo, a la vista de los acontecimientos que afectaban a los cristianos. Pero han pasado miles de años y el tercer o cuatro mundo - el del luto, lágrimas y muerte- sigue sin pasar, con una presencia más torturante que entonces ¿ Es que se trata de algo imposible? o, por el contrario, ¿es que la parte que a cada uno nos corresponde de amor para hacerlo posible, la hemos eludido refugiados en un sin fin de justificaciones y rodeos?

 

 

4 Pascua (C) Juan 10, 11-18

 

 

 

ESCUCHAR SU VOZ Y SEGUIR SUS PASOS

 

La escena es tensa y conflictiva. Jesús está paseando dentro del recinto del templo. De pronto, un grupo de judíos lo rodea acosándolo con aire amenazador. Jesús no se intimida, sino que les reprocha abiertamente su falta de fe: «Vosotros no creéis porque no sois ovejas mías». El evangelista dice que, al terminar de hablar, los judíos tomaron piedras para apedrearlo.

 

Para probar que no son ovejas suyas, Jesús se atreve a explicarles qué significa ser de los suyos. Sólo subraya dos rasgos, los más esenciales e imprescindibles: «Mis ovejas escuchan mi voz... y me siguen». Después de veinte siglos, los cristianos necesitamos recordar de nuevo que lo esencial para ser la Iglesia de Jesús es escuchar su voz y seguir sus pasos.
Lo primero es despertar la capacidad de escuchar a Jesús. Desarrollar mucho más en nuestras comunidades esa sensibilidad, que está viva en muchos cristianos sencillos que saben captar la Palabra que viene de Jesús en toda su frescura y sintonizar con su Buena Noticia de Dios. Juan XXIII dijo en una ocasión que "la Iglesia es como una vieja fuente de pueblo de cuyo grifo ha de correr siempre agua fresca". En esta Iglesia vieja de veinte siglos hemos de hacer correr el agua fresca de Jesús.
 Si no queremos que nuestra fe se vaya diluyendo progresivamente en formas decadentes de religiosidad superficial, en medio de una sociedad que invade nuestras conciencias con mensajes, consignas, imágenes, comunicados y reclamos de todo género, hemos de aprender a poner en el centro de nuestras comunidades la Palabra viva, concreta e inconfundible de Jesús, nuestro único Señor. Pero no basta escuchar su voz. Es necesario seguir a Jesús. Ha llegado el momento de decidirnos entre contentarnos con una "religión burguesa" que tranquiliza las conciencias pero ahoga nuestra alegría, o aprender a vivir la fe cristiana como una aventura apasionante de seguir a Jesús.
La aventura consiste en creer lo que el creyó, dar importancia a lo que él dio, defender la causa del ser humano como él la defendió, acercarnos a los indefensos y desvalidos como él se acercó, ser libres para hacer el bien como él, confiar en el Padre como él confió y enfrentarnos a la vida y a la muerte con la esperanza con que él se enfrentó .Si quienes viven perdidos, solos o desorientados, pueden encontrar en la comunidad cristiana un lugar donde se aprende a vivir juntos de manera más digna, solidaria y liberada siguiendo a Jesús, la Iglesia estará ofreciendo a la sociedad uno de sus mejores servicios.

 

 

 

3ª Pascua

 

Esta última aparición de Jesús Resucitado a sus discípulos es un relato entrañable. De nuevo, entre redes, como al principio de la llamada; de nuevo ante un faenar cansino e ineficaz, como tantas veces; de nuevo la dureza del día a día sin Jesús. Parece como si nada hubiera ocurridoAlguien extraño, a una hora temprana, desde la orilla tiene la audacia de preguntar por lo que más les podía doler: por lo que no había; porque sólo había cansancio y hastío. Estaban aprendiendo que la verdad de las cosas no siempre coincide con los que alcanzamos a ver, ni nuestras manos palpar .Y sín embargo ellos, expertos en pesca, no saben por qué, hacen caso de la orden de un desconocido. El resultado, sorprendente e inesperado. El que se obtiene cuando ya vamos de vuelta de ¡tantas cosas!: de nuestros afanes, objetivos, una y otra vez frustrados, de nuestras nadas e inutilidades.Para algunos de ellos sería un gesto de buena vista; para otros magia…para el discípulo amado ES EL SEÑOR.

 

Y hay también unas brasas que evocan aquella fogata en torno a la cual, días antes, el viejo pescador, Pedro, juró por tres veces, no conocer Jesús. Ahora, de nuevo, junto al fuego que une y hermana, Jesús limpiara la debilidad de Pedro, trasformando su frágil barro en piedra fiel.

 

El verdadero milagro no es tanto la red que se llena sino que la traición de Pedro se transforma en una confesión de amor También tres veces, pero ya no con la seguridad de otras ocasiones, sino con la humildad del que se sabe querido y elegido, por pura gracia, por El Señor.La traición deshumanizó a Pedrio, le hizo ser como , en el fondo no era, y le obligó a decir con los labios lo que probablemente no sentía su corazón. Y la gracia de Jesús, ahora, le volverá a humanizar y le hará reestrenar una vida, abierta a todas las posibilidades, con futuro, con esperanza. Sin ironía, sin indirectas, sin pago de deudas atrasadas…gratuitamente, como la gracia misma.

 

Hoy, tambien hay muchas fogatas y foros donde se traiciona a Dios y al hombre y , con ello, le negamos y nos deshumanizados, nos partimos , nos rompemos. Pero hay otras brasas, las que Jesús prepara al amanecer, cada amanecer de nuestra vida a la vuelta de nuestras inútiles fatigas en solitario, y allí, junto a ellas, en compañía, nos convoca y nos llama. Nos permite volver a comenzar, con la alegría del milagro de su misericordia, inmerecida, pero contumaz, incansable. Es la pesca de nuestras torpezas y cansancios, también él la hace posible. Feliz quien tenga ojos , comoJuan, para reconocerlo y valor, como Pedro, para dejarse renacer. Quien así lo haga solo tiene una alternativa, en forma de imperativo: Sïgueme.

 



 

.- Después de comer con los suyos a la orilla del lago, Jesús inicia una conversación con Pedro. El diálogo ha sido trabajado cuidadosamente, pues tiene como objetivo recordar algo de gran importancia para la comunidad cristiana: entre los seguidores de Jesús sólo está capacitado para ser guía y pastor quien se distingue por su amor a él.

 

No ha habido ocasión en que Pedro no haya manifestado su adhesión absoluta a Jesús por encima de los demás. Sin embargo, en el momento de la verdad es el primero en negarlo. ¿Qué hay de verdad en su adhesión? ¿Puede ser guía y pastor de los seguidores de Jesús?

 

Antes de confiarle su «rebaño», Jesús le hace la pregunta fundamental: «¿Me amas más que estos?» No le pregunta: ¿Te sientes con fuerzas? ¿Conoces bien mi doctrina? ¿Te ves capacitado para gobernar a los míos? No. Es el amor a Jesús lo que capacita para animar, orientar y alimentar a sus seguidores como lo hacía él.

 

Pedro le responde con humildad y sin compararse con nadie: «Tú sabes que te quiero». Pero Jesús le repite dos veces más su pregunta de manera cada vez más incisiva: «¿Me amas? ¿Me quieres de verdad?» La inseguridad de Pedro va creciendo. Cada vez se atreve menos a proclamar su adhesión. Al final se llena de tristeza. Ya no sabe qué responder: «Tú lo sabes todo».

 

A medida que Pedro va tomando conciencia de la importancia del amor, Jesús le va confiando su rebaño para que cuide, alimente y comunique vida a sus seguidores, empezando por los más pequeños y necesitados: los «corderos».

 

Somos nosotros los primeros que hemos de escuchar su pregunta: «Me amas más que éstos? ¿Amas a mis corderos y a mis ovejas?

 

 

 

Francisco Aranda

 

 

 

METER LOS OJOS DENTRO

 

 

 

II PASCUA-C

 

 

 

Tres partes en el evangelio de hoy: una, Jesús vuelve a los suyos, para liberarlos del miedo y los envía a continuar su misión, para lo que les comunica su Espíritu; segunda: relato de la incredulidad de Tomás, que representa a quien no se fía del testimonio de la comunidad ni percibe, pese a las dificultades, los signos de vida nueva que siempre se producen. Necesita comprobar, constatar, palpar. No busca a Jesús, fuente de vida, sino una reliquia del pasado; tercera, la conclusión del evangelio de Juan: el libro de las señales, escrito para que creamos en El y tengamos Vida.

 

Los creyentes de hoy vivimos, a menudo, como los discípulos: al anochecer, con las puertas cerradas, timoratos. Inmersos en la vieja creación: ni hemos visto, ni experimentado al Resucitado; ni vislumbramos siquiera la humanidad nueva que se nos ofrece con el Señor, vencedor de la muerte. Por eso, nuestras comunidades andan replegadas, ocultas, solapadas, subrepticias, carentes de alegría, perdón y vida. Y eso que estamos en el “primer día de la semana" en la tierra nueva y los cielos nuevos. Pero nos aferramos, como única vía de salvación, a lo de siempre. Necesitamos que el Señor se nos haga presente y reconocerlo en los signos de su presencia que son

 

- la donación de la paz: común en los relatos de las apariciones. Aquel grupo decepcionado por el aparente fracaso de su líder querido, incapaces de transmitir vida, encerrados y ausentes de todo, encuentran el Jesús Resucitado una fuente de paz y que les elimina el miedo. Una palabra “paz” que hoy apenas significa otra cosa que ausencia de guerra declarada. Mientras que en la cultura bíblica equivale a la armonía de la persona consigo, con Dios, con el hermano y con la vida que cada día se nos da renovada y pujante

 

- el soplo creador que infunde aliento de vida: al soplar Jesús y darle su espíritu, les transmite una importante misión: generar vida. El verbo utilizado “sopló” es el de Gn 2,7 para indicar la animación del hombre por Dios. Lo mismo con este soplo la persona es recreada. Por eso hay resurrección, donde se hace presente, se lucha y se rechaza todo lo que deshumaniza y mata. Creer y hacer presente la Resurrección es comprometerse para que todos “tengan vida y vida en abundancia”

 

- la experiencia del perdón: como el que perdona es como experimentan al resucitado. En ningún momento les reprocha su decepcionante pasado de abandono y traición; ninguna exigencia de reparar la injuria. Dios no tiene memoria. No es cierto que el “perdón es la virtud de los débiles” sino la fuerza de los que se saben perdonados. Un perdón que no sólo liquida el pasado, sino que levanta esperanzas de futuro en quien lo recibe

 

- los estigmas de Jesús: son el signo de su amor y sufrimiento por los demás, no del dolor auto infringido. Solo está legitimado el sufrimiento que se padece para aliviar el sufrimiento de los demás. Y esos demás son hoy los pobres y olvidados, los excluidos y apartados de los círculos del poder y del bienestar. Los que aplican sus esfuerzos a erradicarlos son los nuevos resucitados. Los actuales signos de vida

 

Por eso, ante una fe demasiado convencional y vacía, de costumbres e inercias, de formalismos y palabras huecas, el encuentro con el resucitado debe suponer una experiencia que dinamiza la vida de cada creyente, de cada comunidad y de toda la Iglesia. Sobran puertas cerradas o que se cierran; miedos, actitudes defensivas. Necesitamos ser “gente resucitada” que abra horizontes de vida, de paz, de justicia y fraternidad. Y que se lanza a vocear, por todos los rincones de la tierra la gran Noticia: Cristo, nuestra Pascua. ha resucitado…Verdaderamente ha resucitado. En el camino nos acechan dudas, como a Tomás, pero la duda es un elemento catequético, pedagógico y de crisis de crecimiento. La duda es a la fe, lo que al caballo correr (B. Pascal)

 

domingo de resurrección 2016

I PASCUA-C

 

 

 

Sucedió al alba, aunque casi nadie lo creía ni lo esperaba. Andaban cabizbajos, llorosos y con la mezquina esperanza de volver cada uno a sus andadas. ¿Será posible, se preguntaban, que aquellos labios hayan enmudecido para siempre? ¿ que aquellas manos hayan dejado definitivamente de acariciar y curar, clavadas a un madero como las vimos?

 

En eso estaban, sin rumbo, de aquí para allá, mientras lloraban su recuerdos y hacían sus cábalas. Pero alguien les alarmó: YA NO ESTA ENTRE LOS MUERTOS, su muerte ha sido despertada, la tumba vacía y sólo hospeda la nada. Y la cosa es que no sabían explicarlo: pero el sepulcro estaba vacío. Y empezaron a ponerse nerviosos, y corría, como un reguero, el rumor de la noticia más inesperada e insólita. ¿Será posible que sea verdad y haya resucitado tal y como nos había, tantas veces, advertido?

 

Fue al alba. Sucedió al alba. Y las lágrimas ya no eran de dolor por la pérdida del ser querido, sino de alegría por la emoción del reencuentro con el Maestro y el Señor.. La noche y sus oscuridad habían dejado paso a la luz del alba. Fue al alba. Los colores de la vida que nacieron de la voluntad creadora de Dios, volvían a brillar en aquella mañana luminosa. Fue al alba.

 

La penúltima palabra que correspondió a una proclama sin sentido, a la condena del justo, a la asfixia de la verdad y al asesinato de la vida, no tuvo más remedio que ceder a la Palabra que se hizo hombre, hermano, historia y Pascua renovada

 

Los cristianos hoy encendemos el cirio, cuya luz nos acompaña por los intrincados vericuetos de la vida e ilumina nuestras zonas oscuras. La luz del cirio pascual nos habla de perdón, gracia, abrazo de Dios, acogida y bendición. Todo lo que hizo. – y todo lo hizo bien- ha sido ratificado por el Dios de la Vida. Por eso entonamos el canto de los vencedores, el canto de la alegría, no producto del cálculo o de nuestras pretensiones, de nuestras nostalgias o insidias; sino el canto dulce y apasionado, un brindis de triunfo que no quiere ser triunfalista. Cristo ha vencido, con su resurrección su muerte y la nuestra; han concluido la mentira, el engaño; no queda hueco para el enfrentamiento ni para la ruptura. Pero hay que tomar el relevo; seguir en la brecha: ni la injusticia, ni el odio, ni el engaño, ni la miseria…deben seguir teniendo un sitio entre nosotros. Para eso estamos. Por eso sucedió al alba. Fue al alba.

 

Estamos en el comienzo del día; a partir de este momento, pese a nuestro hastío, lentitud, desidia, pereza y cobardía…sabemos que Dios nos ha abierto su casa; nos acoge; nos redime; tenemos sitio , todos tenemos sitio, junto a El, Dios se sigue revelando vivo, Nuestro papel no es custodiar tumbas vacías, archivos empolvados, códices enmohecidos, reliquias del pasado… sino , como las mujeres, unir cabos sueltos, recordar ,anunciar y contagiar que esta vivo . No lo encontraremos donde no está- en la muerte y entre los que siembran la muerte - sino entre los que viven y aman la vida, aunque nuestro testimonio pueda parecer un desvarío.

 

 

 

Por eso, al alba decimos: Hermanos Cristo nuestra Pascua, ha resucitado. Verdaderamente , ha resucitado.

Francisco Aranda.

 

 

 

 

 

Es la santa Pascua de Cristo Jesús:

 

Es Pascua. Es la consumación del misterio de la encarnación. Es la plena revelación del designio eterno de Dios sobre el hombre.

Cristo ha resucitado: resucitemos con él.

Éste es el corazón de nuestra fe: Que Dios nos dio a su Hijo Unigénito, y que este Hijo nos habló y nos curó y nos amó hasta el extremo, hasta morir y resucitar por nosotros para que vivamos con él, hasta entregarse por nosotros para darnos su espíritu, para hacer de nosotros hijos de Dios.

Confesamos que en darnos a su Unigénito, Dios nos ha dado la medida sin medida de su amor, y que no tiene ya otro modo de decirnos que nos ama, que somos su alegría, que, resucitados en ese Unigénito, somos Dios para Dios.

Confesamos cuanto Dios nos ha revelado: su predilección por los pequeños, su debilidad por los enfermos, su pasión por nosotros pecadores; y confesamos al mismo tiempo nuestros pecados, pues todavía no hemos empezado a creer lo que Dios nos ha revelado en la Pascua de su Hijo.

Confesamos que al hombre a quien Dios ama, al hombre por quien Jesucristo el Señor entregó su vida, al hombre en quien Dios ha puesto su Espíritu, lo despreciamos, lo humillamos, lo perseguimos, lo maltratamos, lo ultrajamos, lo explotamos, lo esclavizamos, lo asesinamos.

Con razón y con indignación identificamos y señalamos al terrorista que sacrifica hijos de Dios en el altar de una ideología con pretensiones de valor universal. Pero puede que utilicemos su figura sanguinaria para olvidarnos de nosotros mismos, puede que ocultemos detrás de su crueldad manifiesta la vergüenza de nuestros pecados contra el hombre y contra Dios.

El hecho es que adoramos ídolos monstruosos que ocupan en nuestras vidas el lugar sagrado que Dios ha querido que estuviese reservado para el hombre.

Ofendemos gravemente a Dios quienes usamos el nombre de Cristo para discriminar refugiado de refugiado en las fronteras, como si Cristo hubiese muerto para que en el mundo hubiese cristianos y no para enviar ungidos a evangelizar a los pobres.

Ofendemos gravemente a Dios quienes sacrificamos a sus hijos sobre las mesas del poder político, del prestigio social, del beneficio económico; lo ofendemos gravemente quienes dejamos de servir al hombre para servir al dinero.

Ofendemos gravemente a Dios quienes nos arrogamos el derecho de decidir sobre sus hijos, de utilizarlos, de maltratarlos, de descartarlos, como si fuesen cosa de nuestra propiedad.

Es Pascua. Es la revelación plena del compromiso de Dios con el hombre.

Es pascua. Es hora de que hagamos nuestra la lucha de Dios por el hombre, de que nos pongamos con Dios en busca del hombre, de que salgamos con Cristo al encuentro del hombre.

Dios nos espera en la tierra del hombre. Feliz Pascua.

Homilía Solemnidad Pentecostés

Ven Espíritu Creador e infunde en nosotros la fuerza y el aliento de Jesús. Sin tu impulso y tu gracia, no acertaremos a creer en él; no nos atreveremos a seguir sus pasos; la Iglesia no se renovará; nuestra esperanza se apagará. ¡Ven y contágianos el aliento vital de Jesús!

Ven Espíritu Santo y recuérdanos las palabras buenas que decía Jesús. Sin tu luz y tu testimonio sobre él, iremos olvidando el rostro bueno de Dios; el Evangelio se convertirá en letra muerta; la Iglesia no podrá anunciar ninguna noticia buena. ¡Ven y enséñanos a escuchar sólo a Jesús!

Ven Espíritu de la Verdad y haznos caminar en la verdad de Jesús. Sin tu luz y tu guía, nunca nos liberaremos de nuestros errores y mentiras; nada nuevo y verdadero nacerá entre nosotros; seremos como ciegos que pretenden guiar a otros ciegos. ¡Ven y conviértenos en discípulos y testigos de Jesús!

Ven Espíritu del Padre y enséñanos a gritar a Dios "Abba" como lo hacía Jesús. Sin tu calor y tu alegría, viviremos como huérfanos que han perdido a su Padre; invocaremos a Dios con los labios, pero no con el corazón; nuestras plegarias serán palabras vacías. ¡Ven y enséñanos a orar con las palabras y el corazón de Jesús!

Ven Espíritu Bueno y conviértenos al proyecto del "reino de Dios" inaugurado por Jesús. Sin tu fuerza renovadora, nadie convertirá nuestro corazón cansado; no tendremos audacia para construir un mundo más humano, según los deseos de Dios; en tu Iglesia los últimos nunca serán los primeros; y nosotros seguiremos adormecidos en nuestra religión burguesa. ¡Ven y haznos colaboradores del proyecto de Jesús!

Ven Espíritu de Amor y enséñanos a amarnos unos a otros con el amor con que Jesús amaba. Sin tu presencia viva entre nosotros, la comunión de la Iglesia se resquebrajará; la jerarquía y el pueblo se irán distanciando siempre más; crecerán las divisiones, se apagará el diálogo y aumentará la intolerancia. ¡Ven y aviva en nuestro corazón y nuestras manos el amor fraterno que nos hace parecernos a Jesús!

Ven Espíritu Liberador y recuérdanos que para ser libres nos liberó Cristo y no para dejarnos oprimir de nuevo por la esclavitud. Sin tu fuerza y tu verdad, nuestro seguimiento gozoso a Jesús se convertirá en moral de esclavos; no conoceremos el amor que da vida, sino nuestros egoísmos que la matan; se apagará en nosotros la libertad que hace crecer a los hijos e hijas de Dios y seremos, una y otra vez, víctimas de miedos, cobardías y fanatismos. ¡Ven Espíritu Santo y contágianos la libertad de Jesús!


Homilía VII domingo de Pascua.

Domingo de las Ascensión del Señor

Por D. Francisco Aranda

         Celebramos hoy la solemnidad de la Ascensión del Señor. Es el evangelista Lucas el que nos narra el episodio con más  detalles en el arranque del libro de los Hechos  en la 1ª lectura; el evangelio de Mateo   lo hace de forma más sucinta y lo sitúa en Galilea. Tanto la narración como el acontecimiento  de la Ascensión están lleno de simbolismos: el número cuarenta de clara  resonancia bíblica; “ Subir al cielo”  debe entenderse  en relación a la concepción del Universo de los judíos. No significa el inicio de un “viaje “espacial”.  El texto nos aclara dos hechos : se han acabado las apariciones del Resucitado y Jesús entra, de nuevo, en la esfera  de ese misterio de Dios que nadie ha visto ni oído y que Él ha venido a revelar con su encarnación.

 

 

         Si Jesús se queda con nosotros hasta el final de los tiempos,  somos los responsables de que esta presencia se verifique hoy. El énfasis puesto en nuestra condición de testigos, no sólo en Jerusalén, sino “hasta los confines del mundo” indica  que la epopeya de la Iglesia  ha comenzado y que  su desafío es claro “ manifestar a Jesucristo con obras y palabras”.  La segunda lectura no advierte que con los ojos iluminados del corazón podemos comprender la esperanza a la que somos llamados como miembros del cuerpo de Cristo: nuestro  destino final,  es que “ vivamos la esperanza de seguirlo en su Reino”.

 

         Cuando Fray  Luis de Granada escribía “¡Cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas!” se sitúa en un ámbito distinto al de Lucas al afirmar que“volvieron a Jerusalén con gran alegría”.

 

 

Por su parte León Felipe nos dejó  estos versos:  

Vino, llenó nuestra caja de caudales con millones de siglos,

nos dejó unas herramientas ...y se fue”.

 

En esta caja de caudales depositó lo que Jesús dijo, hizo y reveló. Es verdad que “vino y se fué”  pero nos dejó la promesa de su presencia permanente entre nosotros. Tal vez por eso Fray Luis de Granada termina con estas palabras: “ Dulce Señor y amigo, dulce hermano... en pos de ti yo sigo: o puesto en tenebroso o puesto en lugar claro y glorioso”. Y en ese lugar, desde ese lugar, con todos sus equívocos nos toca a todos construir el nuevo Templo cuyos cimientos y estructura  dejó establecidos.

 

         En la antigüedad hay esquemas de ascensiones de otros grandes hombres: Rómulo, Heracles, Empédocles, Alejandro Magno, Apolonio de Tiana; en la Biblia  los casos de Elías y Henoc. Se trata de esquemas literarios paralelos, pero que Lucas reelabora en función de las vivencias de la comunidad: el fin del mundo no es inminente; se inaugura el tiempo de la misión y de la Iglesia. La ida de Jesús no significa el fin de la historia, sino que Dios crea un espacio y un tiempo para la actuación de la Iglesia. Por eso las evidentes diferencias entre los distintos relatos bíblicos nos indican que no se trata tanto de dejar constancia de un hecho histórico, sino de transmitir una verdad. Y es  esta verdad, después de dos mil años de Cristianismo, es que Jesús, poco exitoso en su vida y muerto miserablemente en la cruz, fu constituido por la Resurrección en Señor del mundo y de la historia. Es invisible, pero no está ausente, sino presente  para que, como escribe el mismo Evangelista en la narración de los pastores, “nos postremos ante él y volvamos -a nuestra Jerusalén- llenos de gran alegría”.

 

 


Homilía VI domingo de Pascua

Cristiano seducido por el Amor del Viviente

Por Germán García Ruiz

 “Amar a Jesús y guardar sus mandamientos” es la vida del cristiano. Vivir unido a Él vivir para Él y vivir por Él. La vida cristiana es una vida de amistad, de amor con Jesús y en Jesús. Es la unión personal con Cristo, el encuentro con el Viviente, que nace del amor, el que llena nuestros días con su presencia salvadora, que le da sentido a nuestras vidas, a nuestro corazón. Como nos decía Benedicto XVI:

 

“No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el ENCUENTRO con un acontecimiento, con una PERSONA, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Benedicto XVI, Deus Caritas est, 1).

 

El amor de Cristo es la fuerza vital del cristiano, aquello que nos mueve; incluso lo que nos da fuerza para “vivir el sufrimiento injusto con buenas obras, devolviendo bien por mal” (1Pe 3, 17). El amor de Cristo llena nuestra vida de esperanza, porque Cristo Resucitado abre nuestra mirada terrena, finita, a la plenitud del Infinito.

 

Nos ayuda a vivir en comunión con Cristo y en su participación divina mediante la fe: la lectura asidua de la Palabra de Dios, la participación en los sacramentos, la vida en el amor al prójimo y a Dios. La comunión con Cristo nos coloca ante su PRESENCIA CONTINUA, nos hace descubrir el ESPÍTU DE LA VERDAD que habita en nosotros. No está lejos de nosotros Dios, está dentro de nosotros, está en nosotros. Por el Bautismo y la Confirmación, los creyentes nos INCORPORAMOS (in- dentro, entrar; corporar- cuerpo) a Cristo y a la Iglesia. “La Iglesia es una comunidad llena del Espíritu” (Barret).

 

Si somos capaces de escuchar esa voz interior del Espíritu, si somos capaces de vivir según esa VOZ INTERIOR, Dios se manifestará a través nuestra con “signos y prodigios”, como los de Felipe en Samaria que hemos escuchado en la segunda lectura. Ya hay muchas personas que a los largo dela historia han vivido dócil a esa Voz Interior del Espíritu, y con sus vidas han glorificado a Cristo con grandes signos y prodigios; como Madre Teresa de Calcuta, San Felipe Neri, San Francisco de Asís, San Vicente Ferrer, San Juan Bosco, Santa Ángela de la Cruz… y tantos y tantos “amigos de Dios” que han sido “signo y prodigio” de su amor en nuestro mundo. Pero no sólo las personas a nivel individual, también la comunidad cristiana es “signo y prodigio” de ese Amor de Dios al mundo, de esa presencia del Espíritu: Cáritas, Manos Unida, y tantas instituciones caritativas de la Iglesia, “Comunidad del Espíritu”.

 

 

Vivamos dócil al Espíritu de la Verdad que habita en nuestros corazones, dejemos que el amor de Cristo Resucitado llene nuestros días con su presencia Salvadora; el Viviente tiene un mensaje de esperanza para nosotros: La muerte, el dolor, el sufrimiento no tiene la última palabra, la última palabra la tiene la VIDA, la esperanza, el amor.


Homilía V domingo de Pascua

La alternativa de Jesús: CAMINO, VERDAD Y VIDA... No hay más.

Por Francisco Aranda Otero

 El contexto del evangelio de Juan que leemos este domingo, es el discurso de despedida después de la cena. En el capítulo 13 el centro es Jesús. En éste (14) el centro es el Padre (25 veces aparece). El ambiente es de inquietud. La traición de Judas, el anuncio de la negación de Pedro, el anuncio de la partida. Todo es inquietante. Está justificada la invitación a la calma y a la confianza. La clave del mensaje en este capítulo es la relación de Jesús y la de sus discípulos con el Padre.

 

 

Todo el lenguaje es mítico-simbólico. Me voy, me quedo, vuelvo, etc. no se pueden entender literalmente. Es teología clave para entender la marcha de Jesús y a la vez, su permanencia con ellos. El mensaje sigue siendo válido para nosotros. Hoy tendríamos que decir que la meta de todo está en Dios. Esa identificación con Dios, es la que tenemos que descubrir todos y vivirla ya aquí. En Jesús, Dios ha manifestado el proyecto de Dios para el hombre. Ahora tienen que dejar que ese proyecto se realice en ellos.

Yo soy el camino, la verdad y la vida. Estamos ante uno de los textos más densos, referidos a la realidad de Jesús. La meta es el Padre. Jesús es el camino, pero también la verdad y la vida. El concepto de "camino" presupone un término, el Padre. El concepto de "verdad" presupone un contenido, que es él. De los tres términos, el único absoluto es "Vida". Porque Jesús posee la Vida, es verdad y es camino.

 

Yo soy camino. Jesús es un proyecto realizado, porque recorrió el camino que le llevó a la plenitud humana. El camino es el amor hasta la muerte. El don total de sí mismo les realizará plenamente y hará brillar en ellos la presencia de Dios. Además de recorrer ese trayecto, Jesús se hace camino para que tú puedas recorrerlo también. En el AT el camino era la Ley. Jesús sustituye la Ley, no con otra ley, sino con su persona.

 

Yo soy verdad, es decir soy lo que tengo que ser. No se trata de la verdad lógica (la adecuación de un predicado a un sujeto), sino verdad ontológica que hace referencia al ser. Jesús es hombre autentico. Es lo que tiene que ser un ser humano. Su trayectoria es la que tiene que recorrer todo hombre. Lo contrario sería ser falso, engañoso, pura apariencia. "Yo soy" es el nombre que se da a sí mismo Dios desde la zarza. En Juan se repite hasta la saciedad el yo soy. El complemento puede ser cualquiera: puerta, pastor, camino, vida, verdad. Si me identifico con Dios, soy todo.

 

Yo soy vida, es decir, lo esencial de mi ser está en la energía que hace que sea lo que soy. Recordad: "El Padre que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo el que me coma, vivirá por mí." Está hablando de la misma Vida que es Dios, que se le ha comunicado a él y que se nos comunica a nosotros.

 

De la misma manera que no podemos encontrar la vida biológica independientemente de un ser que la posea, así no podemos encontrarnos con un Dios ahí fuera separado de un ser que lo manifieste.

Nadie va al Padre sino por mí. En el cap. 6 había dicho: "nadie viene a mí si el Padre no lo atrae". Las dos ideas se complementan. Para el que nace del Espíritu, el Padre no es alguien lejano, su presencia es inmediata. Hacerse hijo es hacer presente al Padre. La identificación con Jesús, hace al discípulo participar de la misma Vida de Dios.

 

"Si llegáis a conocerme del todo, conoceréis también a mi Padre". Una vez más se refleja el "ya, pero todavía no" de la primera comunidad. El seguimiento de Jesús es un dinamismo constante. No se trata de progresar en el conocimiento, sino en la comunión por amor. El conocimiento vivencial de Jesús, hará que el Padre se manifieste en el discípulo. Lo que pide Felipe es una teofanía como las narradas en el AT. Piensa que Jesús es un representante de Dios, no la presencia misma de Dios.

 

"Quien me ve a mí, ve al Padre. ¿Cómo dices tú, muéstranos al Padre?" Esta queja, puesta en boca de Jesús, es una clara reflexión pascual de los discípulos. En su vida pública no entendieron ni jota de lo que era realmente Jesús. Felipe sigue separando a Dios del hombre. No ha descubierto el alcance del amor-Dios ni su proyecto sobre el hombre. No se han enterado de que Dios sólo es visible en el hombre. Desde esta perspectiva, Jesús podía decir: quien me ve a mí, ve a mi Padre. Y: si me amarais os alegraríais de que vaya al Padre porque el Padre es más que yo.

"Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia". Fíjate que a continuación habla de obras: "el Padre que permanece en mí, él mismo hace las obras". Y luego: "si no me creéis a mí, creed a las obras". Las obras son la manifestación de que Dios está en Jesús. El Padre ejerce su actividad creadora a través de Jesús. Él, a partir de su propia experiencia, propone las "exigencias" que Dios le pide a él. Jesús a través de sus obras realiza el designio creador.

 

Lo único válido son las obras. Si lo tenemos claro, descubriremos a Dios en las obras de Jesús a favor del hombre. Pero la manifestación de Dios en las obras de Jesús no es una exclusiva suya. Dios actúa en él y seguirá actuando en todo aquél que siga sus pasos. Liberar al hombre será siempre la obra de Dios, a través de Jesús o de otro.

 

 


Homilía IV domingo de Pascua

SEÑOR, MESÍAS, MODELO, PUERTA DEL APRISCO

Estos cuatro títulos resumen lo que afirman de Jesús las lecturas del próximo domingo: que es Señor y Mesías lo dice Pedro en el libro de los Hechos (1ª lectura); como modelo a la hora de soportar el sufrimiento lo propone la Primera carta de Pedro (2ª lectura); puerta del aprisco es la imagen que se aplica a sí mismo Jesús en el evangelio de Juan. En resumen, las lecturas nos proponen una catequesis sobre Jesús, lo que significó para los primeros cristianos y lo que debe seguir significando para nosotros.

Jesús, puerta del aprisco

El autor del cuarto evangelio disfruta tendiendo trampas al lector. Al principio, todo parece muy sencillo. Un redil, con su cerca y su guarda. Se aproxima uno que no entra por la puerta ni habla con el guarda, sino que salta la valla: es un ladrón. En cambio, el pastor llega al rebaño, habla con el guarda, le abre la puerta, llama a las ovejas, ellas lo siguen y las saca a pastar. Lo entienden hasta los niños.

Sin embargo, inmediatamente después añade el evangelista: "ellos no entendieron de qué les hablaba". Muchos lectores actuales pensarán: "son tontos, está clarísimo, habla de Jesús como buen pastor". Y se equivocan. Eso es verdad a partir del versículo 11, donde Jesús dice expresamente: "Yo soy el buen pastor". Pero en el texto que se lee hoy, el inmediatamente anterior (Juan 10,1-10), Jesús se aplica una imagen muy distinta: no se presenta como el buen pastor sino como la puerta por la que deben entrar todos los pastores ("yo soy la puerta del redil").

Con ese radicalismo típico del cuarto evangelio, se afirma que todos los personajes anteriores a Jesús, al no entrar por él, que es la puerta, no eran en realidad pastores, sino ladrones y bandidos, que sólo pretenden "robar y matar y hacer estrago".

Resuenan en estas duras palabras un eco de lo que denunciaba el profeta Ezequiel en los pastores (los reyes) de Israel: en vez de apacentar a las ovejas (al pueblo) se apacientan a sí mismos, se comen su enjundia, se visten con su lana, no curan las enfermas, no vendan las heridas, no recogen las descarriadas ni buscan las perdidas; por culpa de esos malos pastores que no cumplían con su deber, Israel terminó en el destierro (Ez 34).

La consecuencia lógica sería presentar a Jesús como buen pastor que da la vida por sus ovejas. Pero eso vendrá más adelante, no se lee hoy. En lo que sigue, Jesús se presenta como la puerta por la que el rebaño puede salir para tener buenos pastos y vida abundante.

En este momento cabría esperar una referencia a la obligación de los pastores, los responsables de la comunidad cristiana, a entrar y salir por la puerta del rebaño: Jesús. Todo contacto que no se establezca a través de él es propio de bandidos y está condenado al fracaso ("las ovejas no les hicieron caso"). Aunque el texto no formula de manera expresa esta obligación, se deduce de él fácilmente.

En realidad, esta parte del discurso termina dirigiéndose no a los pastores sino al rebaño, recordándole que "quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos".

Ya que es frecuente echarle la culpa a los pastores de los males de la iglesia, al rebaño le conviene recordar que siempre dispone de una puerta por la que salvarse y tener vida abundantes.

La segunda lectura recuerda a los cristianos perseguidos y condenados injustamente que ese mismo fue el destino de Jesús, y que lo aceptó sin devolver insultos ni amenazas. En ese contexto lo presenta como modelo con unas palabras espléndidas: "Cristo padeció su pasión por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas".

Al final de esta lectura encontramos la imagen de Jesús como buen pastor ("Andabais descarriados como ovejas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras vidas".). No es la esencial del evangelio.

 

 


Vivir lo que vivió Jesús es la Pascua. Lc 24, 13-35

Homilía III Domingo de Pascua. Por D. Francisco Aranda

El relato de los discípulos de Emaús es una  maravilla de teología narrativa. Los dos discípulos/as no son personas concretas, sino personajes tipo. Nos informar de lo que está pasando cada día  a quienes tratamos de seguir a Jesús de Jesús.

 

Es Jesús quien toma la iniciativa, como siempre. Los dos discípulos se alejaban de Jerusalén, lugar de la comunidad, en su afán de apartar de su cabeza aquella pesadilla de un ser querido, que había acabado tan desastrosamente. Pero a pesar del desengaño sufrido por su muerte, van hablando de Jesús que  les invita  a  que manifiesten la decepción y amargura  acumuladas La utopía que les había seducido, había dado paso a la más absoluta desesperanza. Pero su corazón todavía estaba con él, a pesar de su muerte.

 Tenemos otros casos: el relato de la conversión de Pablo. Perseguía con ahínco a los cristianos, pero sin darse cuenta, estaba subyugado por la figura de ese mismo Jesús y en un momento determinado, cayó del caballo La trama literaria, perfecta, sigue con estos elementos Nosotros esperábamos... Esperaban que desde fuera, se cumplieran sus expectativas. No podían sospechar que aquello que esperaban, se había cumplido ya; esa frase nuestra propia decepción. Esperábamos que la Iglesia... Esperábamos que el Obispo... esperábamos que el concilio... Esperábamos que el Papa... Esperamos lo que nadie puede darnos y surge la desilusión. Lo que Dios puede darnos ya lo tenemos, no hay que esperarlo. El desengaño es fruto de una falsa esperanza..

No es Jesús el que cambia para que le reconozcan, son los ojos de los discípulos los que se abren y ahora están capacitados para reconocerle; no  se trata de ver algo nuevo, sino de ver con ojos nuevos lo tenían claramente. No es la realidad la que debe cambiar para que la aceptemos. No es Jesús el que tiene que hacer algún milagro para manifestarse  de forma evidente. Somos nosotros los que tenemos que descubrir la realidad de Jesús Vivo, que tenemos delante de los ojos, pero que no vemos.

Hay momentos y lugares donde se hace presente Jesús de manara especial, si de verdad sabemos mirar.

1) En el camino de la vida. Después de su muerte, Jesús va siempre con nosotros en nuestro caminar. Pero el episodio también nos advierte que es posible caminar junto a él y no reconocerlo. Después de su muerte, habrá que estar mucho más atento si, de verdad, queremos entrar en contacto con él.

Es también una crítica a nuestra religiosidad demasiado apoyada en lo externo. A Jesús vivo  lo vamos a encontrar sobre todo sino en la vida real, en el contacto con los demás que caminan junto a nosotros.

La dificultad que se nos presenta a la hora de llevar a la práctica este punto, estriba en la concepción dualista que tenemos del mundo y de Dios. Dios no es lo contrario del mundo, ni el Espíritu es lo contrario de la materia.

2) En la Escritura. Si queremos encontrarnos con el Jesús que da Vida, tendremos en las Escrituras un eficaz instrumento de aproximación. Pero el mensaje de la Escritura no está en la letra sino en la vivencia espiritual que hizo posible el relato.

Dios habla únicamente desde el interior de cada persona, porque el único Dios que existe, es el fundamento de cada ser. La experiencia interior es la única palabra que Dios puede pronunciar. Esa experiencia, expresada en conceptos, es palabra humana, pero volverá a ser palabra de Dios si nos lleva a la vivencia.

3) Al partir el pan: Es una manera muy personal de partir y repartir el pan que se refiere a tantas comidas en común, a la multiplicación de los panes, etc. Sin duda el gesto narrado hace también referencia a la eucaristía. Al ver los signos, se les abren los ojos y le reconocen

4) En la comunidad reunida. Cristo resucitado solo se hace presente en la experiencia de cada uno y al l compartir con los demás esa experiencia, él se hace presente en la comunidad. La comunidad  es imprescindible para provocar la vivencia. La experiencia de uno compartida, empuja al otro en la misma dirección. El ser humano solo desarrolla sus posibilidades de ser, en la relación con los demás.

Jesús hizo presente a Dios amando, es decir, dándose a los demás.

El mayor obstáculo para encontrar a Cristo hoy, es creer que ya lo tenemos. Los discípulos creían haber conocido a Jesús cuando vivieron con él; pero aquel Jesús que creían ver, no era el auténtico. Sólo cuando el falso Jesús desaparece, se ven obligados a buscar al verdadero. A nosotros nos pasa lo mismo. Conocemos a Jesús desde la primera comunión, por eso no necesitamos buscarle. El verdadero Jesús es nuestro compañero de viaje, aunque es muy difícil reconocerlo en todo aquel que se cruza en mi camino y en los caminos cruzados de la vida de cada uno.

 

Atardece cuando Jesús , el Señor, se aleja-mejor lo alejamos del centro de nuestras vidas. Entrañable la petición de los desencantados o dimisionarios  de Emaús. No te vayas Señor  que Anochece, y el día va de caída.


Homilía II domingo de Pascua

Otra Bienaventuranza: los que sin ver buscan y creen.

D. Francisco Aranda

Que no fue fácil la aceptación de la Resurrección de Cristo, desde el inicio de la difusión del cristianismo parece una constante en los relatos de las apariciones. Un ejemplo evidente es el relato del evangelio de hoy, escrito bastantes años después da la muerte y Resurrección de Jesús. Por su parte la primera carta del Apóstol San Pedro, escrita hacia el año 64, expresa el gozo de quienes no han visto a Jesús Resucitado y, sin embargo, le aman y creen en ÉL. Los que poco a poco nos hemos ido incorporando a la fe en el galileo, sin haber constatado la tal acontecimiento, de alguna forma ya estábamos contemplados en aquella frase de Jesús: Dichosos los que crean si haber visto, o en la de Pedro: no habéis visto a Jesucristo y lo amáis; no le véis y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable.

El relato evangélico de hoy admite dos puntos de vista; uno: Tomás, el Dídimo (Mellizo) siempre considerado como el prototipo del incrédulo, porque necesita meter sus dedos en la llaga de las manos y los pies de Cristo y su puño en el costado. “Tomás- se ha escrito - es un hombre moderno, existencialista que sólo cree lo que toca, un hombre que no se deja llevar por las ilusiones, un pesimista audaz que desea enfrentarse con el mal, pero que no se atreve a creer en el bien. Para él lo peor es siempre lo más seguro”. Solo cree en las realidades que puede experimentar físicamente y está cerrado a cualquier otra realidad, más allá de lo que se puede experimentar. Es el pesimista, que se encierra en su fracaso y no se abre a una esperanza en la que creer.

Hay quien enfoca desde otra perspectiva su actitud: “ Tiene razón cuando quiere encontrar la fe por sí mismo, o no creer. Pese a su resistencia a creer sólo de oídas, se acerca el sábado siguiente al grupo de los discípulos; muestra su disponibilidad para dejarse convencer; duda , por tanto, con sinceridad y capacidad de acogida y rectificación. Es la gracia del Resucitado la que va detrás de él, la que vence la duda- en Tomás y en cada uno de nosotros- y da paso a la fe de la Pascua. Es el hombre que necesita hacer suya la experiencia de fe; que no su fundamenta en el ambiente de sus amigos, sino que tiene , personalmente, su propia experiencia; la que le conducirá a la afirmación de fe: Señor mío, y Dios mío. Es como la culminación del Evangelio de Juan, que va seguida de una frase de Jesús referida a cuantos abrazamos esta fe, sin ser testigos directos de la Resurrección; y lo hace con la conocida forma de bienaventuranza: “dichosos los que crean sin haber visto”.

Aún dentro de la Octava de la Pascua, deberíamos preguntarnos ¡¿por más de viente siglos después de aquel acontecimiento y de aquellos hombres, hemos proclamado que Cristo ha resucitado? Ciertamente la fe es algo complejo; muchos las hemos heredado de nuestros padres, de nuestro ambiente familiar o educativo; forma parte de nuestra identidad más profunda. Pero la crisis religiosa que vivimos nos obliga hoy a replantearnos cuestiones en tiempos pasados innecesarias. Casi tenemos más de Tomás que las generaciones que nos precedieron. Es razonable que queramos encontrar la fe por nosotros mismos o no creer; ya no podemos vivir de una fe heredado o , simplemente , de oídas. La debemos encontrar por una búsqueda sincera. Y en esta búsqueda haya dos condiciones irrenunciables: la primera la necesidad de una experiencia personal, directa, íntima y profunda con Jesucristo el Señor; la oración de amigo a amigo; de corazón a corazón, sin prisas, hasta que el cuerpo aguante ( anécdota de Juan Pablo II); la segunda: para reencontrarnos con El el espacio y lugar ideal y único es la comunidad. En contra del individualismo religioso, de la privaticidad de la fe, de la religión a la carta nuestra experiencia de fe tienen que producirse en la comunidad. Es el gesto que hicimos en la Vigilia Pascual, cuando desde el Cirio, unos a otros nos encendíamos la velitas: hemos recibido la fe de padres a hijos, pero necesitamos compartirla con los hermanos. Una comunidad cuyos rasgos vienen delimitados en la 2ª lectura (He). Posiblemente no fuera la situación real de loas primeras comunidades, pero es ideal hacia el que apunta nuestra fe y nuestra experiencia del Señor Resucitado.Posiblemente no fuera la situación real de loas primeras comunidades, pero es ideal hacia el que apunta nuestra fe y nuestra experiencia del Señor Resucitado.


Homilía Viernes Santo

Por D. Germán García

Cristo muere por amor. En su muerte no hay belleza: su cadáver es el de un hombre demacrado, hinchado, con ojos sesgados... un cuerpo sometido al más dramático dominio de la muerte. No es la cruz de cartón piedra  que vemos en nuestros templos; no es una talla hermosa de uno de nuestros escultores. Es la aterradora visión de una boca que grita sed y angustia, de unos ojos hundidos y desesperados, de un espantoso dolor.

La cruz es expresión de toda violencia, de toda ceguera, de toda injusticia, de toda maldad. Pero, al mismo tiempo, es la expresión de un hombre que muere por amor a la humanidad, es la expresión del amor gratuito hacia los hombres.El sufrimiento de Cristo en la cruz nos puede mostrar hasta donde llega el amor de Dios, hasta el extremo, nos dijo ayer el evangelio de San Juan. Hasta sufrir la muerte, y una muerte de cruz. En la cruz vemos el sufrimiento de un Dios que ama hasta la locura de la cruz. El profeta Isaías, en la primera lectura nos puede ayudar a entender la locura de la cruz:

«Mi siervo va a prosperar,

Crecerá y llegará muy alto.
Así como muchos quedaron

horrorizados al verlo,
porque estaba tan desfigurado
que su aspecto no era el de un hombre
y su apariencia no era la de un ser humano,
así también él asombrará a muchas naciones.

El siervo de Dios, Jesús, vino a salvarnos, aunque para ello tuvo que sufrir la muerte de la cruz. Nos ha dicho la carta a los Hebreos: “Cristo, a pesar de ser Hijo de Dios, aprendió sufriendo a obedecer. Y llevando a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna”.  El sufrimiento desfigura la imagen del hombre. Ante el dolor y el sufrimiento se desfigura la imagen de Dios.  La espantosa visión de un hombre torturado me aterra, pero a la vez me robustece. Porque una locura de tal calibre sólo puede hacerse desde un amor infinito, desde un amor loco desde el amor de Dios.  No es la cruz la que nos salva, sino el amor de Jesucristo clavado en ella.

Por eso, nuestra vida entregada por amor es más fuerte que cualquier sufrimiento. No podemos cambiar el dolor y hacerlo desaparecer como magos. Pero sí podemos cambiar nuestras actitudes ante el sufrimiento; si podemos cambiar nuestro modo de sentir y nuestro modo de vivir. Jesús nos lo deja bien claro en el evangelio. “El que quiera ser mi discípulo, que se niegue así mismo, que cargue con su cruz y me siga. El dolor forma parte de la vida, como la muerte forma parte de la vida. Vivimos para morir. Nuestra vida es un caminar a la muerte. El dolor, la muerte forma parte de la vida. No podemos quitar el dolor, no podemos, no. Pero podemos darle sentido al algo que no tiene sentido. Jesucristo, en esta tarde de Viernes Santo nos ayuda a darle sentido al dolor.

La cruz de Cristo nos ayuda transformar el dolor en vida entregada, en amor que florece en vida. Porque no hay más vida que la del Amor y la del gozo, que está más allá de la muerte y del dolor. Con la cruz, Cristo nos descubre que el gozo está más allá del sufrimiento: está en la alegría de poder dar la vida por amor. Si esto no lo vivimos así, la visión aterradora del cadáver de un hombre asesinado con la peor de las torturas, de un Dios que muere, haría vacilar nuestra fe.

Por tu cruz, Señor, hoy descubro que mi dolor no es estéril. Hoy entiendo que el dolor purifica, el dolor nos hace resucitar de forma nueva, de forma distinta; el dolor es escuela de humanidad. El dolor nos hace pequeños, indefensos, necesitados, nos humilla, nos rebaja y nos pone en nuestro sitio. La fuerza del hombre se convierte en debilidad, el orgullo se transforma en humildad, el rencor da paso al perdón, la incredulidad a la fe… la muerte se viste de esperanza. La cruz de la vida, nuestro dolor, nos desnuda del orgullo, de la prepotencia y de la autosuficiencia. Desnudo estuvo Jesús en la cruz: desnudo de amigos, desnudos de aplausos, desnudos de milagros, desnudo de homenajes, desnudo de música, desnudo de flores y de velas. Sólo, Él solo. ¡Qué difícil resulta entender en la cruz de la vida la mano amorosa del Padre! ¡Qué difícil resulta entender que esto tenía que ocurrir para que se cumpliera las Escrituras!

“Si el grano de trigo no cae en tierra y muere no puede dar frutos”. Es preciso morir a nuestro egoísmo, a nuestras perezas, a nuestras desganas, a nuestras desesperanza… para dar fruto. La entrega precisa de la muerte de nuestro “Yo” de pecado, para que nazca un nuevo “yo” capaz de dar vida.

Pero sólo desde el amor se puede transformar la humanidad, sólo desde el amor va a nacer la vida. Por eso para el cristiano la cruz es salvación. En ella está el amor de Dios llevado al extremo, en ella está nuestra vida. Por la cruz hemos sido curados de nuestras heridas. Gracias a la cruz hoy estamos aquí. Sin cruz no hay resurrección, sin resurrección no hay esperanza. Él hace que no andemos como ovejas errantes, o lo que es lo mismo: Cristo le da sentido a nuestras vidas. La cruz es el sentido de nuestras vidas. Dar la vida es el amor llevado al extremo. Y el amor: transforma la muerte en vida, transforma la oscuridad en luz, transforma el dolor en fortaleza.

La vida es un libro que cada uno vamos escribiendo: una historia personal, única, irrepetible. Un libro lleno de páginas preciosas, otras, sin embargo, están llenas de oscuridad; pero el libro de la vida es más bonito con todas las páginas. Dios reconstruye los trozos rotos de nuestra vida, vasija de barro, una y otra vez. Y la vasija se vuelve a romper, y Dios, con las manos viejas de artesano con experiencia, con mimo, delicadeza, paciencia recoge los pedazos deshechos por la soledad, la humillación, el pecado, la incomprensión, la vejez, la enfermedad, abandono, y remoja el barro de la vida con las lágrimas del dolor y vuelve a dar forma a la arcilla endurecida por la historia personal de cada uno.  Es la historia de la cruz, es el verdadero sentido de este Viernes Santo.

Dios recoge el cuerpo roto de su Hijo Jesucristo, que aprendió sufriendo a obedecer, a cumplir la voluntad incomprensible de su Padre, para hacerlo nuevo, para darle Vida con mayúsculas.

Esta tarde, tarde de Viernes Santo, recojamos los trozos de vida que las aristas de la dura realidad arrancaron de nosotros, abramos el libro de nuestra vida, aquellas páginas de dolor, las páginas que duelen, las páginas que escribimos o escribieron con sangre, aquellas que nos avergüenzan, aquellas que no entendemos su por qué, páginas escondidas en el corazón del  dolor, del pecado, de la sinrazón y, sin pedir explicaciones, sin buscar culpables, sin resentimientos, sin rencores, en silencio… veamos la mano y la voluntad de aquel que, por encima de todo y de todos, es capaz de convertir el barro reseco en arcilla humedecida, la vasija rota en ánfora de esperanza, el pecado en gracia, el leño seco de la cruz en vid que da frutos.

 

Acercaros, esta tarde de rojo viernes, a la Cruz de Cristo, dadle un beso… pero daros también un beso a vosotros, a vuestra cruz… es preciosa, es vuestra, y es de Dios, por lo tanto, seguro que florecerá, seguro que será transformada en vida.

Homilía Jueves Santo

Por D. Germán García

En la cena Pascual, cena en la que los judíos celebran la liberación de su pueblo, cena de salvación y eternidad; los gestos, las palabras y las miradas de Jesús son especiales; son palabras llena de ternura, miradas cálidas, gestos inolvidables que se repetirá a lo largo de toda la historia de la humanidad. Aún hoy sigue haciéndose real esos gestos y esas palabras. Aún hoy sigue cargado de significados esos gestos. Aún hoy esos gestos se van a hacer reales.

Hay una frase en el evangelio de San Juan que nos puede ayudar a entender lo que va a ocurrir esta tarde. En la Última Cena, Jesús habla con sus discípulos, mirándole con cariño, les dice:

“Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos; vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando”. Las palabras salían de lo más profundo de su corazón. Palabras que también esta tarde nos dice a cada uno de nosotros. En esta tarde especial, Jesús nos llama amigo.  Amigo que nunca falla, amigo que nos ama con locura, hasta la locura de dar la vida por nosotros; amigo que hoy se agacha a nuestros pies y nos los lava. Amigo que se entrega en nuestras manos para entrar en nuestro corazón.

 

La amistad de Jesús no son palabras bonitas de una noche entrañable. En las lecturas que hemos escuchado podemos descubrir cómo es la amistad de Jesús.

Jesús nos invita esta tarde a su mesa, a cenar con Él. Invitar a alguien a su mesa es un gesto de hospitalidad con la que se hace partícipe de lo propio al amigo, al huésped. De esta forma lo acoge en la comunión de la mesa. Invitar a alguien a tu mesa es un gesto humano que expresa dar de lo tuyo, compartir lo que tiene, crea un lazo de comunión, de unión, pero sobretodo de amor. “Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis de este cáliz, proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva”. Participar de la eucaristía es participar de la muerte y la Resurrección del Señor que se hace entrega en nuestras vidas. No es un recuerdo, no es un teatro de algo que sucedió. Es El Señor que se hace pan, el Señor que nos invita al banquete, a la comida de su cuerpo. Su cuerpo que es pan de vida para nosotros, alimento de nuestro caminar cristiano. En la Eucaristía, este gesto llega al extremo. Jesús nos invita esta tarde a su mesa, a su banquete. Quiere crear un lazo de comunión infinito con nosotros; es el cáliz de la nueva alianza; una alianza más fuerte, una unión jamás imaginada por el ser humano. Y más aún, la comida que quiere compartir con nosotros para crear comunión es Él mismo que se entrega con su cuerpo y con su sangre. Él se nos da así mismo. Nos ama hasta el extremo. Quiere compartir todo lo que tiene y lo que es con nosotros. ¡Cuánto amor! Sólo tenemos que abrir nuestro corazón al Dios amor que se pan, comida, alimento y bendición para nosotros. Sólo tenemos que dejarnos amar por el amor infinito de Dios, que se hace pequeño y humilde en esta tarde: pan de vida para nosotros.

Jesús es un amigo que nos lava los pies. Después de la cena, se quita el manto, y se pone a los pies de los discípulos para lavarle los pies; hace un gesto sorprendente, hace el trabajo de los esclavos, que era servir a su señor. Esta vez, el Señor, el Maestro cambia los papeles, se quita el manto y sirve a sus discípulos, se hace esclavo servidor. Hoy, en esta tarde, Jesús también nos quiere lavar los pies, también se arrodilla ante nosotros para servirnos, para decirnos que su amor no tiene límites. El amor de Jesús es un amor de servicio, de entrega, de pan que comparte, de sangre derramada por nosotros. Jesús no es un ser para sí mismo (ombligo), sino un ser para los demás. Es una existencia vivida por los demás, para los demás. ¡Qué amor más grande! Es un amigo que se quita su manto, su dignidad de Señor y maestro para ponerse a nuestro nivel. Un amigo humilde que se agacha. Porque si no hay humildad, no hay amor verdadero. La humildad en Jesús no es sólo agacharse, es vaciarse de sí mismo, es despojarse de sí para entregarse totalmente en nuestras manos: “Tomad y comed… esto es mi cuerpo”, “Tomad y bebed, esta es mi sangre que será derramada por vosotros para el perdón de los pecados…”. Jesús se despoja de su vida misma para darnos La Vida (con mayúscula), para liberarnos de nuestras esclavitudes, para transformar nuestros corazones en un corazón nuevo, renovados por el amor: porque sólo el amor puede transformar nuestro corazón y hacerlo en un corazón nuevo.

Participar de la Eucaristía es entrar en comunión con Jesús, es participar de la existencia de Jesús; y también es participar de su entrega y su servicio. Entrar en comunión con Jesús es entrar en comunión con la existencia de Cristo, existencia que nos lleva a servir y a amar sirviendo. Porque el amor es la entrega total de sí mismo, el servicio gratuito y desinteresado. Participar en la Eucaristía es entrar en comunión con el Dios vivo que nos acerca, desde dentro a los hombres unos con otros. ¡Qué comida más grande! No sólo nos une a Dios, también a los demás.   

 

La amistad de Jesús es una amistad gratuita. No pide nada a cambio. Todos los días nos ofrece su mano para caminar, aunque a veces la rechazamos, aunque a veces la neguemos, aunque a veces la olvidemos… todos los días su mano se va a tender hacia la nuestra, porque nos ama, porque nos quiere con locura, porque sólo sabe amar. Hoy, en esta tarde, vuelve a tender sus manos, hecha pan. ¿Estoy dispuesto a recibirlo? ¿Estoy dispuesto a entrar en comunión con la existencia de Cristo y de su amor que es servicio y entrega gartuita?


La vida de Jesús se manifiesta en el Don total. Mt 21, 1-11

Homilía de D. Francisco Aranda en el Domingo de Ramos

Es muy difícil precisar el sentido exacto que pudo dar Jesús a la entrada en Jerusalén de ese modo tan peculiar. Seguramente no coincidió con la interpretación que le dieron sus discípulos y la gente que le seguía. Cuando se fijaron por escrito estos relatos, ya habían pasado cuarenta o cincuenta años, y sus seguidores habían cambiado radicalmente la comprensión de Jesús.

 

Con los datos que hoy tenemos no podemos pensar en una entrada "triunfal". Si era política, no lo hubiera permitido el poder romano. Si era religiosa, no lo hubiera permitido el poder religioso. Ambos tenían medios más que suficientes para actuar contra una manifestación masiva. Mucho más en Pascua, que era momento de máxima alerta policial. No cabe duda de que algo pasó históricamente, pero no debemos imaginarlo como una manifestación espectacular, sino como un acto profético.

 

Seguramente se trató de una muestra de adhesión por parte del pequeño grupo que venía a la fiesta acompañando a Jesús, a los que posiblemente se unieron otros que venían de Judea y Galilea. Recordemos que la subida a la fiesta de Pascua se hacía siempre en grupos numerosos y festivos, en los que se manifestaba el júbilo por acercarse a la ciudad santa y al Templo. Los gritos son intentos de dar una explicación a lo que estaba ocurriendo. Lo mismo los mantos y ramos expresan la actitud de los que seguían a Jesús.

 

La inmensa mayoría del pueblo estuvo siempre del lado de los jefes religiosos y políticos. Estos son los que piden la muerte de Jesús. No tiene mucho sentido insistir en que el mismo pueblo que lo aclama hoy como Rey, pida el viernes su crucifixión.

 

Tampoco podemos minimizar el número de los seguidores de Jesús. Los evangelios nos dicen que en varias ocasiones los dirigentes no se atrevieron a detenerle en público, precisamente por el gran número de los seguidores. También el hecho de que lo detuvieran de noche, en despoblado y con la ayuda de un traidor, indica que los dirigentes tenían miedo.

 

La Pasión y muerte de Jesús (Mt 26,14-27,66)

 La muerte de Jesús no fue ni exigida, ni programada, ni permitida por Dios. El Dios de Jesús no necesita sangre para poder perdonarnos. Seguir hablando de la muerte de Jesús como condición para que Dios nos libre de nuestros pecados, es la negación más rotunda del Dios de Jesús. Esa manera de explicar el sentido de la muerte de Jesús no nos sirve hoy de nada, es más, nos mete en un callejón sin salida. La muerte de Jesús, desvinculada de su predicación y de su vida no tiene el más mínimo valor o significado.

 

 La muerte en la cruz no fue el paso obligado para llegar a la gloria. El domingo pasado veíamos que la muerte biológica no quita ni añade nada a la verdadera Vida. Con vida plena puede uno estar muerto, y en la misma muerte biológica puede haber plenitud de Vida.

 

Jesús murió por ser fiel a la idea de Dios como Padre, como amor incondicional a los hombres. Jesús quiso dejar claro, que seguir amando como Dios ama, es más importante que conservar la vida biológica. No murió para que Dios nos amara, sino para demostrar que ya nos ama, con un amor incondicional.

 

A Jesús le mataron porque estorbaba a todos aquellos que habían hecho de Dios y de la religión un instrumento de dominio y opresión de los más débiles. La muerte de Jesús no se puede separar de su profetismo, es decir, de su denuncia de la injusticia, sobre todo la que se ejercía en nombre de la Ley y el templo. Su opción por los pobres y excluidos fue su mensaje fundamental. Esta actitud, defendida en nombre de Dios, resultó inaguantable para los que sólo buscaban su interés y mantener sus privilegios.

 

Al demostrar que para él el amor era más importante que la vida, Jesús nos enseña el camino hacia la Vida definitiva, que no es afectada por la muerte biológica. Ese camino nos lleva a la plenitud humana, que no está en asegurar nuestro "ego", ni aquí ni en un más allá, sino en alcanzar la plenitud del amor que nos identifica con Dios. Amando como Dios ama potenciamos nuestro verdadero ser y lo llevamos al máximo de sus posibilidades.

 

La muerte de Jesús nos obliga a dar un paso de gigante en la verdadera comprensión de Dios y del hombre. Tenemos que descubrir la presencia de ese Dios en nuestras limitaciones, en nuestro sufrimiento, en nuestra misma muerte.

 

Con el evangelio en la mano, no podemos seguir buscando nuestra plenitud en el triunfo y en la gloria personal. Ese es el paso que, después de veinte siglos, nos cuesta tanto dar. La mejor prueba de esta incomprensión es que nos seguimos preguntando: ¿Por qué tanto sufrimiento, tanto dolor y tanta muerte inútil en el mundo? ¿Dónde está el Dios Padre?

 

Seguimos pensando que el dolor y la muerte son incompatibles con la presencia de Dios. Un Dios que no dé seguridades a nuestro yo, no nos interesa. Un Dios que no nos garantice la permanencia del yo individual y egoísta no satisface nuestras apetencias.

 

La muerte de Jesús nos parte en dos. Una parte de nosotros está con los dirigentes y no quiere saber nada del sufrimiento, del dolor y de la muerte, porque nuestro primer objetivo es asegurar nuestra individualidad egoísta. "No quiero cantar ni puedo..."

 

Otra parte de nosotros se siente atraída por ese hombre que viene a manifestar la verdadera Vida y que en ese camino hacia la plenitud, no da ninguna importancia a la vida terrena, y por tanto a la misma muerte. En el fondo de nosotros mismos, algo nos dice que Jesús tiene razón, que el único camino hacia la Vida es aceptar la muerte. Pero despegarnos de nuestro "yo" sigue siendo una meta inalcanzable para la mayoría de los mortales.

 

Sin embargo, entender la muerte de Jesús es el primer paso para entender nuestro propio dolor y nuestra propia muerte. Si descubrimos que Jesús llegó al grado máximo de humanidad cuando fue capaz de amar por encima de la muerte, descubriremos dónde está para nosotros también la verdadera Vida.

 

El secreto está en descubrir que no puede haber Vida si no se acepta la muerte. También la muerte física, pero sobre todo la muerte a nuestro "ego" individualista y excluyente. Jesús nos enseña que estamos aquí para deshacernos de todo lo que hay en nosotros de terreno, de caduco, de material, para que lo que hay de Divino se manifieste en Unidad-Amor.

 

A través de discursos racionales, por muy brillantes que estos sean, nunca podremos entender el mensaje de Jesús. Solamente profundizando en lo más hondo de mí mismo, llegaré a comprender el sentido profundamente humano de mi existencia.

 

Lo paradójico es que cuando descubra mi verdadera humanidad, entenderé lo que tengo de divino y se producirá la unidad de todo mi ser. En la recuperación de la unidad de lo que creía un dualismo maniqueo, encontraré la verdadera armonía y felicidad.


Pasión de Cristo, pasión del mundo

Francisco Aranda Otero

Va por ti, padre o madre sin trabajo, al borde del suicidio, joven en paro y sin futuro. Va por ti, muchacha violada o mutilada en tu carne y en tu alma, anciano abandonado con la sonrisa ya perdida. Y por todos los amores traicionados. Por ti, pobre niño, soldado doblemente pobre, y vosotras, muchedumbres hambrientas que los grandes poderes asesinan cada día Por ti, Jesús de Nazaret. Señor de la Pasión Déjanos sumarnos a esa confusa multitud que te aclama con palmas de olivo, con su voz rasgada o su silencio desnudo, con su ira contenida o su esperanza incierta.

Tú eras joven y fuerte.  Tus ojos lo habían observado todo de cerca: la desesperación de los campesinos, la miseria de los pescadores del lago, el desaliento de los jornaleros esperando en la plaza de las aldeas, la humillación de las mujeres, el llanto de los niños, la dictadura de los impuestos, el yugo de las deudas impagables, la desdicha de los leprosos y enfermos al borde de los caminos. Tu corazón rebosaba alegría Y donde había pasión, padecías ¡Gracias, Jesús! 

No te imagino como un hombre perfecto, pero eras compasivo. ¿Qué perfección necesita este mundo si no es la dulce compasión con lo imperfecto y lo herido? 

Tus labios eran de profeta, y nunca callaron nada Tus palabras estaban hechas de luz y de fuego, como tus ojos, pero también de misericordia y consuelo; provocaban, nunca condenaban. Consolaban al afligido y transformaban a todos.

 Sobre una verde colina de Galilea, en medio de campesinos arrendatarios, jornaleros y pescadores miserables, dijiste: “Bienaventurados los pobres, porque pronto dejaréis de serlo”. Bienaventurados.

Cuando lo oyeron Pilato, Herodes Antipas, y muchos con ellos, se inquietaron. Pero tú seguiste.

Cuando ya crecía la primera luna de la primavera, acompañado de tu gente subiste a Jerusalén a celebrar la Pascua. Fue cuando un grupo de simpatizantes tomaron palmas en sus manos y te aclamaron. Los guardias del pretorio y los sacerdotes del templo se volvieron a alarmar. Y fuiste al templo, soltaste a los pobres animales, volcaste las mesas de los cambistas y dijiste: “¡Destruid este templo”. Dios quiere libertad y bondad. Allí mismo te arrestaron. Y corriste la suerte de los malditos de la tierra.

 Pero nosotros te bendecimos, Jesús. Eres nuestro Hermano Herido Aunque de lejos, nosotros también queremos seguirte.En esta Cuaresma y Semana Santa déjanos sumarnos a aquella sencilla gente que te aclamó en las calles de Jerusalén. Déjanos celebrar tu vida, contemplar tus heridas, por si tu memoria nos convierte a la bondad y a la esperanza.

 La contemplación de tu cuerpo herido que camina decidido y presto hacia el Calvario nos cura, nos sana, nos salva. Nos cura tu vida feliz y generosa. Nos salva tu vida que se hundió y germinó en la Eterna Compasión 

Jesús, Hermano Herido, ya crece la primera luna de primavera. Ya florece el laurel. Ya se hinchan las olivas como lunas minúsculas en la noche del olivo, para luego hacerse aceite en la mesa, ungüento en la herida, bálsamo en la tumba, perfume en la Pascua.

Celebramos los grandes misterios de nuestra fe: el Triduo Pascual

Cruz del altar mayor de la parroquia de Santiago Apóstol
Cruz del altar mayor de la parroquia de Santiago Apóstol

 

¿Qué celebramos en la Semana Santa? ¿Qué contemplamos? ¿Qué dejamos que, lentamente, a través de gestos comunes y de una contemplación individual, en oficios o procesiones, en la celebración compartida o en la oración y la reflexión individual nos toque profundamente?

 

El servicio. El Jueves Santo la liturgia recoge preciosamente el lavatorio de los pies como expresión de una lógica alternativa, la de quien, siendo el primero, se ciñe una toalla a la cintura, lava los pies a los suyos y les invita a hacer lo mismo. ¿Qué hace este gesto tan denso? La inversión de categorías, donde el grande se hace pequeño y enaltece a los humildes. La gratuidad de un gesto aparentemente innecesario. La llamada a vivir desde esa misma lógica. En un mundo en que parece que el gran éxito en la vida es ser servido, esta llamada a lavar los pies polvorientos del amigo resulta, cuanto menos, una provocación.

 

La fraternidad. También el Jueves Santo explicitamos la celebración del amor fraterno. Recorremos partes de la oración de Jesús en el evangelio de Juan, nos sentimos amigos y no siervos. Compartimos una misma mesa, y en ese gesto nos encontramos llamados a vivir en plenitud. Nos reconocemos hijos de un mismo Padre, y, en consecuencia, hermanos. La comensalidad, propia de lo celebrativo en todas las culturas, se explicita aquí como hermandad, como la experiencia de estar vinculados por un amor común que recibimos incondicionalmente.

 

La entrega eucarística. Dar la vida no es morir, sino vivir de una manera determinada, dándose día a día –hasta la muerte si hace falta. Esto es lo expresado definitivamente en la Eucaristía. El darse sin reservas. El com-partirse para los otros. El derramarse de una manera fecunda. Ese es el sacerdocio de Jesús, en el que la entrega es de uno mismo. Y es también ese sacerdocio el que conmemoramos el Jueves Santo.

 

Las encrucijadas vitales. La hora santa, con su evocación de la agonía de Jesús en el Huerto, es un precioso reflejo de nuestras propias incertidumbres. A veces por cosas muy cotidianas. En otros momentos por la necesidad de tomar decisiones trascendentales... el hecho es que en ocasiones también nosotros pasamos por esas vacilaciones. A Jesús lo acompañamos en una situación límite. Le vemos en la tesitura de huir o seguir, de resistirse o ser coherente con aquello que lleva proclamando con su vida durante largo tiempo, de rebelarse o aceptar lo que viene. Y en su respuesta valiente vemos también un reto y una llamada para nuestros propios dilemas, para las situaciones en que hemos de optar, para tantas veces en que a la luz del evangelio nos sentimos urgidos a algo difícil.

 

El sufrimiento y la soledad. Todo el Viernes Santo es un día árido. Viendo a Jesús juzgado por los poderes religiosos y políticos de su época, abandonado por muchos de sus amigos, nos asomamos al dolor. Acompañando a Jesús camino de la cruz (Via Crucis), nos toca intuir la indiferencia de unos, la compasión de otros... A veces nos sentiremos como ese Cirineo que carga con la cruz, y otras como Verónica que seca el rostro de Jesús. Podemos reconocernos en un gobernador romano más pendiente de lo conveniente que de lo justo. Tal vez estemos escondidos, entre la muchedumbre, temerosos de ser señalados como amigos de este criminal sin delito. O quizás nos asomemos, de puntillas, al dolor y al abandono en que parece estar sumido Jesús. Y en el camino, también reconocemos nuestras propias cargas, algo que nuestro mundo no nos prepara demasiado para vivir. Hoy en día, cuando parece que en todo momento hay que «estar bien», la contemplación de la agonía del Justo resulta un desafío y una escuela.

 

La cruz. La adoración de la cruz el Viernes Santo, tras haber escuchado la lectura de la Pasión, es uno de los momentos más significativos de la liturgia. No adoramos un trozo de madera, ni prestamos macabra reverencia a un instrumento de muerte. Para nosotros la cruz es mucho más que eso. Es el espacio donde se abrazan las víctimas y su liberador. Es el lugar donde los que padecen, por la injusticia, por el odio, por el mal que atraviesa nuestro mundo, se encuentran con el inocente que viene a salvarlos. La cruz nos habla de un dolor que atraviesa nuestro mundo. Nos invita a alzar la mirada con honestidad y percibir las fisuras y las heridas que golpean y mutilan. Nos habla de fracasos y de rechazo, de pecado y de un Dios que parece callar.

 

La espera. El sábado santo es el tiempo del silencio y la espera. Cuando parece que nada puede pasar. Cuando lo que queda es la nostalgia por lo que parece perdido, y la incertidumbre ante lo que pueda llegar. Tiene mucho de rutina y hábito. Tiene mucho de confianza sin pruebas. Es creer sin saber, anhelar sin exigir, buscar sin plazo. Es el tiempo de los discípulos asustados, de María Magdalena inquieta... el tiempo de calma insegura de quienes le han condenado. Muchas veces nosotros mismos podemos vivirnos en este tiempo... cuando las heridas son lejanas, pero la cura no termina de llegar; cuando la esperanza parece estrellarse con la realidad; cuando el dolor ya no quema, pero sigue ahí, cuando la ilusión parece domesticada o rendida.

 

La Vida. Y entonces llega la palabra definitiva de Dios. «No busquéis entre los muertos al que vive». Hasta aquí hemos ido asomándonos a una historia que parece tremendamente exigente, trenzada con dolor, con cruz, con encrucijadas en las que no es fácil elegir lo que parece correcto. Podría decirse que todo invita hasta aquí a una seriedad definitiva, a una solemnidad absoluta y a una circunspección inevitable. Sin embargo es la celebración de la resurrección lo que ilumina con fuerza invencible todo lo anterior. La palabra última de Dios es una palabra de vida. La muerte no ha vencido al Justo. La cruz está vacía, y las víctimas de la historia están desclavadas. Hablamos entonces de salvación y de liberación. La sombra y la tiniebla dan paso a la luz, la noche al día, el llanto al júbilo.

A veces es más fácil sentirse en sintonía con lo que hemos celebrado los días anteriores, y parece en cambio lejana esta alegría imbatible. Parece que es más posible empatizar con la experiencia de la soledad o el dolor, y cuesta más el salto de fe hacia la afirmación definitiva de la resurrección. Y, sin embargo, es la clave de todo el edificio, la única que le da sentido a todo lo anterior, al servicio sin condiciones, a la entrega radical, a la soledad o a la cruz.

 

 Conclusión

 Al acercarse estas fechas, una vez más, nos disponemos a celebrar. No es lo de siempre, porque cada vez somos distintos, o llegamos con una carga diferente. Porque un año estamos heridos, y al siguiente nos sentimos pletóricos, unas veces nos toca celebrar cansados, otras exultantes y otras envueltos en el ritmo cotidiano, sin tiempo para grandes emociones. A veces tenemos preguntas y otras una fe calmada. Un año la vida nos sonríe y otros parece que el mundo conspira contra uno. Y Dios, en su historia, nos toca de manera diferente

Y por eso, esa misma verdad del evangelio, esa lógica del Reino que se nos presenta en historia milenaria, el Dios que en Jesús sigue dando su vida por enfrentarse al pecado que mata, y que al final se alza vencedor, es noticia nueva. Y toca nuestras vidas, y nos enseña a leer el mundo y sus historias. Seguiremos recibiendo un pan de vida que se da por nosotros, y en el lavatorio se nos lavarán los pies a todos mientras se nos invita a hacer lo mismo. Tal vez al contemplar los pasos procesionales que otros hombres esculpieron hace siglos, descubriremos en ellos detalles de una historia nueva. Adoraremos una cruz donde las víctimas son desclavadas, y en el fuego de una hoguera arderán las miserias, una vez más vencidas. Nos lavaremos de nuevo en un agua viva. Escucharemos la historia de la salvación, que enlaza con nuestras historias, y sentiremos que la última palabra de esa historia es una palabra de Vida. Y todo ese proceso nos hablará de nuestras luchas y nuestros miedos, de las noches oscuras y las encrucijadas que jalonan nuestro camino, nuestras traiciones y nuestras valentías.

Volveremos a ser Pedro asustado o María herida, Juan fiel o Judas obcecado, Pilatos lavándose las manos o Caifás rasgándose las vestiduras; seremos Cireneo cargando con nuestra porción de cruz o Verónica consolando al Justo humillado. Y, tal vez, como el centurión ante la cruz, abriremos los ojos al reconocer que este inocente entregado, este justo ajusticiado es, en verdad, el Hijo de Dios. Seremos, en fin, Magdalena sorprendida y alegre o caminantes inciertos hacia un Emaús de encuentro y reconocimiento.

Y en ese proceso de nuevo nos sentiremos abrazados por un Dios que nos llama y nos levanta con él, un Dios que vacía los sepulcros y reconcilia a la humanidad consigo. Y todo estará bien.

Francisco Aranda Otero