TODOS LOS SANTOS 2017

 

 

 

Se dice de Bernanos que en un momento se lamentaba de que se pueda conocer a un cardenal desde lejos por su hermosa capa escarlata, mientras a un santo, durante toda su vida, no se le distingue por nada especial. Y afirmó, en cierta ocasión, José Luis Martín Descalzo que “nunca había creído que los santos tuvieran madera de santos” Y es que en muchos de nosotros aún están enraizada la idea de que los santos han de caminar , ya en este mundo, con la aureola sobre la cabeza y que su tarjeta de visita debe contener un sello especial que concede el Padre Eterno en donde figure “de profesión santo”.Precisamente la fiesta de hoy, sirve para corregir este error. Nos recuerda que los santos caminan entre nosotros, con nosotros y como nosotros y cargan sobre sus cabezas y sus espaldas las mismas cruces y problemas que todos. Hoy es la fiesta de las innumerables personas que han pasado y pasan entre nosotros sin ningún salvoconducto especial, que no han superado oficialmente el test de santidad que supone un proceso de canonización, que no tienen en su haber ningún milagro de gesto espectacular acreditado. Personas a la vez tan iguales y semejantes a nosotros que por ello la Iglesia les puso un día especial, una solemnidad, que es la que hoy celebramos .

 

Se podría decir que hoy es la fiesta de la “gran reparación” en cuanto se remedian tantos olvidos y distracciones en relación a quienes han vivido y viven hoy entre nosotros y que por una enfermedad de todos , el milagrerismo y lo sorprendente, han pasado silenciosamente o viven , sin grandes alardes, en nuestro mundo y nuestra realidad. Y la cosa es que, aún recociéndolo, no acabamos de creerlo: no tienen asesores de imagen ni expertos en publicidad que los aúpen. Y es , además una fiesta hasta cierto punto incómoda, porque nos recuerda que la santidad es un asunto que nos toca a todos y de cerca, desde el mismo momento en que fuimos bautizados. Y la santidad es, tambien, una tentación que tratamos de combatir eficazmente.Para ello utilizamos la estrategia del alejamiento. Es decir , en la medida en que logramos fabricar y venerar una santidad lejana, sólo apta para superhombres, inalcanzable e inasequible, que transitan por unos caminos que no son los de este mundo , en una órbitra que nada tiene que ver con los trillados y rutinarios caminos de la vida, mejor para ellos y para nosotros que no estamos preparados para movernos en esas dimensiones. Es la “Otra dimensión”Un santidad que nos llena de admiración, pero que ni nos molesta ni nos afecta en absoluto. Son de otro planeta.Nosotros, simples mediocridades, cristianos “normales”, del montón, no estamos para ese trabajo.

 

Pero la fiesta de hoy y los textos que hemos proclamado nos invitan justo a lo contrario: no a alejar, sino a acercar; a tomar nota de una santidad al alcance de todos; no un lujo, sino un deber cada día más preciso y menos usual. La vocación de un cristiano de a pie, que nos recordó el concilio- que en la L.G nos recordó la vocación universal a la santidad y que Juan Pablo II nos pidió en su testamento espiritual la Novo Milenio Ineunte: es la condición normal del cristiano. Ser santo es ejercer bien el duro oficio de ser persona; que alcanza la grandeza con los trapos viejos de nuestra vida diaria; hace una obra de arte con un material ordinario. Alguien que se araña las manos y las rodillas subiendo los ásperas paredes de la vida común. Esta santidad “vecina” cercana no permite que uno se escabulla; que nadie diga que “esto no está hecho para mí”.Pero además no sólo es cercana y familiar la santidad sino alegre y feliz. De ahí el texto que todos los años en esta fiesta proclamamos en el Evangelio: no somos bienaventurados por lo que tenemos, sino por lo que no somos: personas convencidas y confiadas en la gran bondad de nuestro Dios que nos quiere pobres, necesitados, perseguidos, discriminados y, al mismo tiempo, limpios de corazón, pacíficos, misericordiosos. No hay más que un camino e igual para todos: formar parte de esa manada de locos que son los que se toman en serio las bienventuranzas.

 

 

 

Solemnidad todos los santos 2015

OCHO PUERTAS PARA ENTRAR EN EL REINO DE DIOS

Escrito por  

En la Fiesta de Todos los Santos, la lectura del evangelio recoge las bienaventuranzas. Es una forma de indicarnos el camino que llevó a tantos hombres y mujeres a lo largo de la historia a la santidad. Resulta imposible comentar cada una de ellas en poco espacio. Me limito a indicar algunos detalles fundamentales para entenderlas.

Las bienaventuranzas no son una carrera de obstáculos

Muchos cristianos conciben las bienaventuranzas como una carrera de obstáculos, hasta que conseguimos llegar a la meta del Reino de Dios.

Y la carrera se hace difícil, tropezamos continuamente, nos sentímos tentados a abandonar cuando vemos tantas vallas derribadas. «No soy pobre material ni espiritualmente; no soy sufrido, soy violento; no soy misericordioso; no trabajo por la paz… No hace falta que un juez me descalifique, me descalifico yo mismo.» Las bienaventuranzas se convierten en lo que no son: un código de conducta.

Las bienaventuranzas son ocho puertas para entrar en el Reino de Dios

El arquitecto de la basílica de las bienaventuranzas la concibió con ocho grandes ventanas que permiten ver el hermoso paisaje del lago de Galilea.

Prefiero concebir las bienaventuranzas no como ocho ventanas, sino como ocho puertas que permiten entrar al palacio del Reino de Dios.

Para entenderlas rectamente hay que advertir donde las sitúa Mateo: al comienzo del primer gran discurso de Jesús, el Sermón del Monte, en el que expone su programa e indica la actitud que debe distinguir a un cristiano de un escriba, de un fariseo y de un pagano.

A diferencia de los políticos, capaces de mentir con tal de ganarse a los votantes, Jesús dice claramente desde el principio que su programa no va a agradar a todos. Los interesados en seguirle, en formar parte de la comunidad cristiana (eso significa aquí el «Reino de los cielos»), son las personas que menos podríamos imaginar: las que se sienten pobres ante Dios, como el publicano de la parábola; los partidarios de la no violencia en medio de un mundo violento, capaces de morir perdonando al que los crucifica; los que lloran por cualquier tipo de desgracia propia o ajena; los que tienen hambre y sed de cumplir la voluntad de Dios, como Jesús, que decía que su alimento era cumplir la voluntad del Padre; los misericordiosos, los que se compadecen ante el sufrimiento ajeno, en vez de cerrar sus entrañas al que sufre; los limpios de corazón, que no se dejan manchar con los ídolos de la riqueza, el poder, el prestigio, la ambición; los que trabajan por la paz; los perseguidos por querer ser fieles a Dios.

Pero las bienaventuranzas son ocho puertas distintas, no hay que entrar por todas ellas. Cada cual puede elegir la que mejor le vaya con su forma de ser y sus circunstancias.

Evitar dos errores

En conclusión, las bienaventuranzas no dicen: «Sufre, para poder entrar en el Reino de Dios». Lo que dicen es: «Si sufres, no pienses que tu sufrimiento es absurdo; te permite entender el evangelio y seguir a Jesús».

No dicen: «Procura que te desposean de tus bienes para actuar de forma no violenta». Dicen: «Si respondes a la violencia con la no violencia, no pienses que eres estúpido, considérate dichoso porque actúas igual que Jesús».

No dicen: «Procura que te persigan por ser fiel a Dios». Dicen: «Si te persiguen por ser fiel a Dios, dichoso tú, porque estás dentro del Reino de Dios».

Pero, al tratarse de los valores que estima Jesús, las bienaventuranzas se convierten también en un modelo de vida que debemos esforzarnos por imitar. Después de lo que dice Jesús, no podemos permanecer indiferentes ante actitudes como la de prestar ayuda, no violencia, trabajo por la paz, lucha por la justicia, etc. El cristiano debe fomentar esa conducta. Y el resto del Sermón del Monte le enseñará a hacerlo en distintas circunstancias.

Las puertas y el palacio

Finalmente, no olvidemos que estas ocho puertas nos permiten entrar en el palacio y sentarnos en el auditorio en el que Jesús expondrá su programa a propósito de la interpretación de la ley religiosa, de las obras de piedad, del dinero y la providencia, de la actitud con el prójimo… Este gran discurso es lo que llamamos el Sermón del Monte. Limitarse a las bienaventuranzas es como comprar la entrada del cine y quedarse en la calle.


Solemnidad todos los santos 2014

Francisco Aranda

Se dice de Bernanos que en un momento se  lamentaba de que se pueda conocer a un cardenal desde lejos por su hermosa capa escarlata, mientras a un santo, durante toda su vida, no se le distingue por nada especial. Y afirmó, en cierta ocasión,  José Luis Martín Descalzo que “nunca había creído que los santos tuvieran madera de santos” Y es que en muchos de nosotros aún están enraizada la idea de que los santos han de caminar , ya en este mundo, con la aureola sobre la cabeza  y que su tarjeta de visita  debe contener un sello especial que concede el Padre Eterno en donde figure “de profesión santo”.Precisamente la fiesta de hoy, sirve para corregir este error. Nos recuerda que los santos caminan entre nosotros, con nosotros y como nosotros y cargan sobre sus cabezas y sus espaldas las mismas cruces y problemas que todos. Hoy es la fiesta de las innumerables personas que han pasado y pasan entre nosotros sin ningún salvoconducto especial, que no han superado oficialmente el test de santidad que supone un proceso de canonización, que no tienen en su haber ningún milagro de gesto espectacular acreditado. Personas a la vez tan iguales y semejantes a nosotros que por ello la Iglesia les puso un día especial, una solemnidad, que es la que hoy celebramos .

Se podría decir que hoy es la fiesta de la “gran reparación” en cuanto se remedian tantos olvidos y distracciones en relación a quienes han vivido y viven hoy entre nosotros y que por una enfermedad de todos , el milagrerismo y lo sorprendente, han pasado silenciosamente o viven , sin grandes alardes, en nuestro mundo y nuestra realidad. Y la cosa es que, aún recociéndolo, no acabamos de creerlo: no tienen asesores de imagen ni expertos en  publicidad que los aúpen. Y es , además una fiesta hasta cierto punto incómoda, porque nos recuerda  que la santidad es un asunto que nos toca a todos y de cerca, desde el mismo momento en que fuimos bautizados. Y la santidad es, también, una tentación que tratamos de combatir eficazmente.Para ello utilizamos la estrategia del alejamiento. Es decir , en la medida en que logramos fabricar y venerar una santidad lejana, sólo apta para superhombres, inalcanzable e inasequible, que transitan por unos caminos que no son los de este mundo , en una órbita que nada tiene que ver con los trillados y rutinarios caminos de la vida, mejor para ellos y para nosotros que no estamos preparados para movernos en esas dimensiones. Es la “Otra dimensión”Un santidad que nos llena de admiración, pero que ni nos molesta ni nos afecta en absoluto. Son de otro planeta.Nosotros, simples mediocridades, cristianos “normales”, del montón, no estamos para ese trabajo.

Pero la fiesta de hoy y los textos que hemos proclamado nos invitan justo a lo contrario: no a alejar, sino a acercar; a tomar nota de una santidad al alcance de todos; no un lujo, sino un deber cada día más preciso y menos usual. La vocación de un cristiano de a pie, que nos recordó el concilio- que en la L.G nos recordó la vocación universal a la santidad y que Juan Pablo II nos pidió en su testamento espiritual la Novo Milenio Ineunte: es la condición normal del cristiano. Ser santo es ejercer bien el duro oficio de ser persona; que alcanza la grandeza con los trapos viejos  de nuestra vida diaria; hace una obra de arte con un material ordinario. Alguien que se araña las manos y las rodillas subiendo los ásperas paredes de la vida común. Esta santidad “vecina” cercana no permite que uno se escabulla; que nadie diga que “esto no está hecho para mí”.Pero además no sólo es cercana y familiar la santidad sino alegre y feliz. De ahí el texto que todos los años en esta fiesta proclamamos en el Evangelio: no somos bienaventurados por lo que tenemos, sino por lo que no somos: personas convencidas y confiadas en la gran bondad de nuestro Dios que nos quiere pobres, necesitados, perseguidos, discriminados y, al mismo tiempo, limpios de corazón, pacíficos, misericordiosos. No hay más que un camino e igual para todos: formar parte de esa manada de locos que son los que se toman en serio las bienaventuranzas.